Telegramas desde París / 09.

No soy nostálgico. No extraño nada. Tal vez es frialdad personal que pudiera parecer una desventaja en términos emocionales, pero utilizo el asunto a mi favor. No pienso en este día como mi último en París. No trato de hacerlo especial. No veo ninguna razón válida por la cual no pudiese regresar cuando quisiera. Estar triste porque me voy sería drama de baja intensidad. Dicho esto, sin mucha ceremonia, Fer y yo nos vamos a hacer algunas compras. Pasa algo curioso. Compro un suéter en Jack Wolfskin, salgo de ahí y veinte minutos después, tonteando en otro local – GO Sport France – aparece un joven flaco, tímido pero sonriente. “Sir, you…buy a blue jacket…you…pay too much…you have refund…”. Al principio lo miro confundido. Pienso que es un empleado de la tienda donde estoy y que intenta pedirme que devuelva lo que compré porque ellos tienen algo parecido y más barato. Pero no. El chico trabaja en Jack Wolfskin. La gerente lo envió a buscarme entre miles de turistas y cientos de tiendas para decirme que se habían equivocado al cobrarme. Río. Le doy las gracias y le informo que claro, regresaré por mi reembolso en un rato. Resulta que tanto la parisina que me atendió como yo nos confundimos en una etiqueta. Me devuelven ochenta euros. Aprovechando el viaje – y maravillado por la atención, puta madre, sí voy a extrañar París – uso el dinero para comprar una mochila. Al fin dejamos de gastar y nos vamos a la cereza de esta etapa: Sacré-Cœur, Paris. Llegamos vía metro y al final nos trepamos a un coqueto funicular que funciona con los mismos boletos del transporte público. Genial. Yo en mi vena capitalista cobraría más, pero estos franceses sí cuidan el interés público al parecer. Bien. Dicen que es la mejor vista de París. Y sí. Es impresionante. Entramos a la basílica, majestuosa como es de suponer. Pregunto cómo subir al domo. Me señalan el camino y la máquina para comprar los boletos con mi tarjeta. El asunto de ascender es cansado pero nada sorpresivo – ya nos estamos acostumbrado a las escaleras pequeñas en todos los rincones de esta ciudad. Llegamos a la hermosa recompensa de una altura que lo domina todo. Escuchamos la algarabía parisina y extranjera muchos niveles abajo. Recuperamos el aliento y nos sentamos pensando en los jesuitas, franciscanos o los tipos de la orden que sea que construyeron esto. Los imagino platicando sobre Dios y el mundo en estas mismas bancas tan cerca del Señor. Tomo a Fer de la mano y bajamos. Nos vamos a cenar a cualquier brasserie. En todos nos han atendido genial en español, inglés y francés. Regresamos al hotel. Hacemos maletas. Cero dramas. Cero tristeza. Cero nostalgia. O tal vez sí. Permíteme unos miligramos de drama de baja intensidad. Caray, es París.

 

Sobre la tranquilidad.

Observé la mesa de al lado y le dije a mi esposa que así quería que fuera el grupo de amigos de mi hijo en el futuro: jóvenes sanos, agradables, confiados y alegres platicando en un restaurante bonito en domingo por la mañana con la actitud de los que tienen delante de sí tranquilidad y planes para seguirla pasando genial. Y de eso te quiero hablar hoy, de la “tranquilidad”. Este concepto es igual de loable que la “felicidad” y la “pasión”, cosas que suenan bien pero que son altamente etéreas. La “tranquilidad” se logra alineando siempre buenas opciones frente a ti. Analizando – como suelo pasar el tiempo haciendo – a la gente que admiro y que tiene recursos fantásticos a su disposición me doy cuenta de algo: semi-dominan varias dimensiones Y evitan competir en una sola dimensión. Me explico. Mi nuevo amigo es competidor de triatlones, músico famoso, escritor, empresario y conferencista. No es el poseedor del récord mundial del IRONMAN, no es Leonard Cohen, no es escritor estilo Nobel Prize, no es empresario nivel Carlos Slim Helú ni conferencista TED (aún). Pero yo lo admiro (y muchas otras miles de PADs también). Es un tipo relajado, confiado y con recursos. Al no competir en un campo específico sino enfocar su vida en semi-dominar varias dimensiones en automático destaca más rápido y sostenidamente. Esto no es algo endémico de la realidad, personalidad o entorno de mi amigo. De hecho, el asunto parece ser el estándar de la nueva generación de “ricos”: tipos polímatas, rápidos, precisos y audaces. Queridas PADs: logren la tranquilidad con recursos fantásticos. Obtengan esos recursos fantásticos semi-dominando varias dimensiones, evitando competir en un solo campo. La época de ser el orgullo familiar por estudiar ingeniería/medicina/leyes/administración/etcétera y tener un trabajo que paga bien está en decadencia. Vive “tranquilo”, entendiendo tanto la riqueza como las oportunidades de este concepto.

El ejercicio opuesto.

Dentro de toda esta oleada positiva-new-age-chida-cool-buena-vibra-brother que promuevo con mi marca, mis artículos, mis conferencias y demás, hay algo que resulta curioso. Más que decir “sí” (lo positivo que esperarías de mí), me dedico mucho más a decir “no” todo el tiempo. Voy a comprar una pizza en el carro y me ofrecen la promoción esta y aquella, que si por cinco pesos más me dan la gloria hecha salsa y así. Respuesta: no. Antier una amiga me ofreció venir con un par de sus “socios” a la casa a cocinarnos a mi esposa y a mí algo saludable y ser parte de una plática de un par de horas para conocer un gran producto que… Respuesta: no. Un par de lectores en la semana me buscaron para pedir mi opinión sobre algo que escribieron. Respuesta: no. Y así vivo. Diciendo no, no, no. Es el ejercicio opuesto a lo que en teoría profeso, pero quisiera explicarte cómo lo enfoco yo: ser positivo no es decir “sí” a todo. Otra cuestión: desde que entrené por primera vez a mi staff hace muchos años en Waterhouse, la habilidad más importante que busco desarrollar no es decir “NO” (lo cual es relativamente fácil: abres la boca, pronuncias la ene y la o juntas y listo) sino decir “NO” elegantemente sin utilizar la palabra. Al joven que me atiende en la pizzería y que recita todas las promociones e intenta convencerme para subir su venta le digo “suena genial, pero será en otro momento, gracias”. Es un “no” sin ser un “no”. A la amiga que quiere venderme ollas de cocina le digo que no queme tontamente sus buenas relaciones sociales tratando de insertar ventas multinivel pasivo-agresivas (www.aaronbenitez.com/multinivel). Le digo que no participo en esas cosas, que aprecio la llamada y al final le doy cuatro o cinco ideas de mejores cosas en las que puede destacar y hacer dinero con las habilidades y características que posee. Es un “no” lleno de opciones, amable y sin usar la palabra “no”. A los lectores que quieren mi opinión, los dirijo a mi artículo que explica por qué no leo lo que mis amigos me piden que les “revise”. Otro “no” con opciones. Resumen especial para ti, querida PAD: di “no” sin decir “no”, di “no” elegantemente, di “no” constantemente y cuando digas “no” ofrece opciones. Reto: para entrenar tu piel, di “no” A TODO hoy y luego dentro de tres días y así hasta que lo hagas costumbre. Si esta idea te disgusta, te aviso que en unos años te va a disgustar mucho más el resultado de sólo haberte entrenado en aceptar lo que el mundo quiere imponerte a diario. Domina esto, el ejercicio opuesto.

La opinión del jefe.

Un gran problema para quienes comenzamos a experimentar las alturas en la jerarquía corporativa es que las cosas que decimos en tono sarcástico, ligero o burlón reverberan con una fuerza que no habíamos experimentado en ninguna otra etapa de nuestras vidas. Nadie jamás nos había puesto tanta atención de manera concentrada como ahora. Un comentario “chistoso” por parte de un nuevo colaborador en un puesto de nivel principiante no pesa igual si lo cuenta alguien en la suite ejecutiva. Aunque sean el mismo. Aunque lo digan igual. La gravedad de la posición corporativa se acentúa con el título del puesto y no hay un manual claro de comportamiento al estilo de una guía de comandos UNIX para tener una excelente interacción con el sistema. Jamás consideré esto un problema hasta que comencé a observar que muchos en mi staff tomaban muy literalmente mis opiniones. Si las opiniones son buenas, genial, esto de que ejecuten sobre ellas no es “malo”. Sin embargo, vivir así, trabajar así, deja poco margen de maniobra para que el equipo pueda agregar/modificar ideas para mejorar, optimizar nuestros resultados. Desde que noté esta situación, intento cuidar mucho la precisión de mis palabras. “Esto es una instrucción, espero un reporte en tal fecha, la persona encargada es tal” y listo. “Esta es mi opinión, me gustaría conocer la de ustedes”. Estas dos frases hacen toda la diferencia, pues al final hay cosas geniales para debatir y retroalimentar y hay otras que simplemente se tienen que hacer ya por algún sentido de prioridad estratégica. Nadie te dio un curso para besar y tener sexo. Nadie te dio un curso para fumar, emborracharte, vomitar y vivir la noche al extremo. Observaste. Tomaste notas mentales. Repetiste con la mejor de tus intenciones y al máximo nivel de tus habilidades del momento. Viste los resultados. Analizaste. Reiniciaste. Y te convertiste en mejor amante, fumador, borracho o lo que sea. Esto es lo mismo. Sigue los mismos pasos y – por favor – sé cada vez un mejor jefe.

El día después de mañana (en el centro comercial).

Cuando los adultos mayores a tu alrededor comienzan a utilizar iPhones y comprar en Amazon con comodidad puedes decir con toda seguridad que un par de cosas interesantes han ocurrido en la matrix. Quiero hablar contigo sobre la fallida ventaja de la distribución física, pero antes de eso, va algo de contexto vía películas y libros. Con la llegada de la videocasetera en los ochentas, la teoría popular – esa que hace mucho ruido pero que no tiene fundamentos – predijo que las personas dejaríamos de ir a los cines porque no tenía sentido gastar más cuando en la comodidad de tu sala podías ver las películas que quisieras cuando tú quisieras. Varias décadas después, puedes girar tu hermoso cuello y entender que la aparición de un nuevo formato JAMÁS hace que el anterior desaparezca. Lo que ocurre es una redistribución del mercado. Los cines no se han ido al carajo, al contrario, han aprendido a convivir con Blu-Ray, Netflix, BitTorrent y demás. Los autos no eliminaron a los caballos ni a las bicicletas, simplemente redistribuyeron (a su favor) el interés de los usuarios. Lo mismo ocurrió con los libros. Esa fácil teoría de que la gente iba a dejar de consumir libros impresos para enfocarse sólo en e-books ha demostrado su debilidad conceptual. La industria editorial reporta un sano equilibrio entre estas dos presentaciones. Hace poco leí que el fracaso del potencial dominio que los libros electrónicos pudieron haber tenido se debe a que un iPod logró ser un mucho mejor Walkman pero un Kindle no logró realmente ser un mucho mejor libro. Ahí están, hojas físicas y digitales conviviendo. Y con todos estos ejemplos como contexto, quiero decirte que tener una tienda de (mascotas, ropa, artículos del hogar, zapatos, etcétera) será cada vez más ineficiente. Ya entendiste – por lo que te expliqué – que las tiendas físicas no van a desaparecer, pero habrá una redistribución masiva de su pedazo de influencia. Esto ya está ocurriendo aceleradamente en el primer mundo y es cuestión de poco tiempo para que veamos pasar esos grandes espacios ineficientes de almacenamiento bonito de cara al cliente ser considerados para otros usos. Todas mis palabras del día de hoy son para decirte algo: piensa en logística mundial, piensa en comercio electrónico, piensa en optimización, piensa en todo lo que la tecnología de vanguardia te ofrece antes de emocionarte por abrir un local como se habrían entusiasmado nuestros padres y abuelos. Recuerda que si ellos pueden entender bien tu idea de negocio, no estás explotando las innovaciones del universo por definición. Ámalos, pero que tu brújula para los negocios vaya con lo vanguardista.

Coleccionista de likes.

Artículo realmente extenso explicando mi visión sobre el futuro tecnológico y social: algunas decenas de likes. Nota corta sarcástica con groserías y un giro cómico donde me pasa algo tonto: cinco centenares de likes. Foto mía de hace unos años con panza: casi mil likes. Los likes NO importan. Si te quieres obsesionar con una métrica, que sea la cantidad de veces que la gente comparte tu contenido. Tal es la interacción de más calidad en este mundo de las redes sociales. Compartir algo en Facebook es el equivalente de presentarle personalmente a alguien nuevo a tus amigos en una salida de sábado por la noche: estás poniendo tu nombre, tiempo y prestigio en ello. No es lo mismo hablar de alguien (like) que traer a alguien a la mesa (share). Los likes son el epítome de las métricas de vanidad de nuestra generación, no te esfuerces en coleccionarlos. Te digo esto porque al igual que las variables de análisis de tu sitio web, son cosas que se convierten fácilmente en una obsesión sin gran retorno de inversión. La forma en que aprendí a dominar esto es a ignorar lo que publico. Una vez que termino un texto o pedazo de contenido como éste, lo publico y lo abandono emocionalmente. Si le va bien, me da gusto. Pero si le va “mal”, bueno, no pasa nada. Next. Hay mucho más cosas por crear. Las notificaciones de TODAS mis apps – incluyendo likes de Facebook – están desactivadas permanente en mi smartphone y computadoras. No te digo esto de forma santurrona como el que comenzó dominando desde siempre este asunto. Al contrario: sé lo adictivo y cansado que resulta coleccionar likes, por lo tanto quiero evitarte ese esfuerzo fútil y banal. Relájate. Crea. Mira quién y en qué cantidades el mundo comparte de buena manera tu contenido y eso te dirá el tipo de audiencia que estás formando alrededor de tu opinión, de tu visión, de tu proyecto.

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias.

“De grande quiero ser prostituto del FBI”, confesé a papá y mamá por allá de mis diez años. Aún recuerdo su reacción entre espanto y carcajadas. Enseguida notaron que yo no entendía ni el concepto ni la realidad de la vida para ingresar al FBI – Federal Bureau of Investigation. Verás, era la época de los The X-Files y por lo tanto, yo quería ser Fox Mulder. Sobre el punto de la palabra “prostitución”, bueno, al rimar con “institución” asumí que estaban relacionadas. Río y sé que ustedes también, queridas #PADs#PersonasdeAltoDesempeño. Pero el punto va más allá de una penosa anécdota infantil. Esto de aventar ideas – algunas muy estúpidas, otras sin sentido y algunas más “raras” – es algo que me ha impulsado a lo largo de una línea de tiempo que involucra ya casi cuatro décadas. “¿Qué pasa si agito con mucha fuerza mi biberón?”, se preguntó Julieta hace unos instantes mientras yo me ausentaba de tener mis ojos fijos en ella para escribir todo esto. El resultado fue una silla para comer batida en leche y un papá enojado consigo mismo por la breve distracción. ¿Ella? Ella está aventado ideas (y líquidos). El gran Julio Cortazar lo hizo literaria y magistralmente con la locura de Rayuela, otro gran ejemplo de un tipo aventando ideas ultrarradicales para hacer evolucionar la novela contemporánea latinoamericana, la ortografía más allá de la Real Academia Española y nuevas estructuras gramaticales adelantas a su tiempo. Cuando por fin llegué a adulto – ese instante donde ya te tienes que poner a hacer al menos algunas de las cosas que de niño decías que te encantarían – fracasé en mi promesa de la prostitución + ser parte del FBI. Pero aprendí que esto de aventar ideas no es exclusivo de los bebés, niños o artistas, sino que puedo seguirlo haciendo. El intercambio emocional implica pagar el impuesto de entender que ahora – en tus veintes, treintas, cuarantas – nadie se va a reír tiernamente de lo que sea que propongas, sino que te van a etiquetar de “raro”, “irresponsable” y demás. “¿Qué pasa si me dedico a los negocios?”, “¿Qué pasa si escribo todo lo que tengo ganas de decir y lo publico abiertamente en Facebook?”, “¿Qué pasa si fundo proyectos de tecnología ambiciosos?”, “¿Qué pasa si bautizo a mi visión como #hackearlavida?”

Veamos qué pasa.

Iluminados por Harari.

Uno de mis deseos culposos es querer encerrar permanentemente en una pequeña celda en el sótano de mi casa a Yuval Noah Harari para que no se dedique a ninguna otra cosa más que exclusivamente a escribir un libro tras otro para mí. Una amiga me dijo que no era una idea sostenible pues – me hizo notar – el tipo necesita su espacio para meditar, viajar, ver cosas, hilar ideas, tener conversaciones, proponer tesis a audiencias científicas y debatir al más alto nivel para producir obras seminales como “Sapiens” y “Homo Deus”. De mala gana le concedí la razón: Harari necesita su maldita libertad para hacer lo que hace. Yo lo considero el mejor “traductor” de la modernidad, pues desde diferentes campos intelectuales poderosos conecta sus conceptos de una manera simple y elegante para presentarlos a un público poco científico y a la vez hambriento de nuevas y fantásticas ideas. Si entiendes con facilidad más del noventa por ciento de lo que los libros de Harari proponen, tienes entonces aprobado una especie de pasaporte y visa en las discusiones más sofisticadas de grandes científicos, multimillonarios, artistas globales y creadores trascendentales. He sido testigo de personas increíbles que me recuerdan a Harari porque hablan con autoridad sobre todos los temas posibles y no se tocan el corazón para explicarte que cuando mencionan a Watson asumen que sabes que es el de IBM y ya. Que cuando discuten sobre Alvin Toffler y Gengis Kan, esperan que puedas hacer los intercambios de mentalidad apropiados de forma rápida para asimilar que los contextos se parecen pero las ideas van en contra. No sé, cuestiones así. A mí todo eso me fascina y busco entrenarme de todas las formas posibles para estar listo cuando esas conversaciones ocurren. Voy a cortarme el pelo y leo Cosmopolitan para aprender sobre moda, maquillaje, sexo increíble y demás promesas. Estoy en el avión y leo sobre los lugares ideales de vacaciones para los ricos y todo lo que no quería saber sobre los famosos y sus problemas. Veo una película y abro imdb punto com para conocer todos los dramas por las cuales los productores tuvieron que pasar para desarrollar su idea. Te digo esto porque si eres científico y sólo te enfocas en tu campo, no eres un científico de clase mundial. Si eres ingeniero y sólo sabes sobre ingeniería de tu área, no eres clase mundial. Si eres una persona de negocios y sólo sabes sobre tu negocio, ya sabes, no eres clase mundial. Sé clase mundial insertándote a propósito y a diario en conversaciones cada vez más sofisticadas. Para esto, amigos como Yuval Noah Harari nos ayudan magníficamente a cambio de prácticamente nada, apenas unos cuantos dólares a pagar por sus geniales libros y algunos días para devorarlos y salir iluminados al término de la experiencia.

 

Milagros del buen copy.

La capacidad de redactar de forma concisa, precisa, atrevida y sexy es una que resulta indispensable para hacer negocios modernos, sobre todo si estás buscando inversionistas institucionales de talla internacional. Te explico. ¿Quieres salir a la Bolsa? Explícale a tus cinco mil empleados en un e-mail por qué la idea es genial en este instante. ¿Quieres que el mundo entienda el nuevo pedazo de tecnología que tú y tu equipo han diseñado? Escribe un post en el blog corporativo y vuélvenos locos. Me gusta analizar CEOs de todos los colores, géneros, sabores y latitudes. Los latinos somos muy bajo perfil. Nos da pena exponer nuestras ideas más allá de una reunión de consejo o con nuestros amigos en el bar. No escribimos, pues los que tuvimos una educación promedio en nuestro país jamás se nos exigió redactar ensayos cada vez más profundos y pulidos. Hay muchas cosas criticables del sistema educativo en Estados Unidos, pero una a resaltar es el énfasis que ponen en que sus alumnos lean y escriban desde edades tiernas hasta sus posgrados en astrofísica y derecho fiscal internacional. Tener un buen copy es probablemente la habilidad más sobresaliente de mi caja de herramientas. Yo no soy bueno administrando, programando o diseñando, pero desde que tengo memoria, siempre he escrito de todos los temas que han venido a mi mente. ¿Quién iba a pensar que esto iba a resultar vital para mi despegue en el mundo de los negocios? Gracias a la capacidad de un copy conciso, preciso, atrevido y sexy muchos locos y locas se han agregado a las ideas que Grupo VERSE propone al mundo. Algunos de ellos son colaboradores, otros inversionistas, otros clientes, otros fans. Si algo pudiera dejar a mis hijos, aparte de sentirse cómodos con la programación y un desarrollado gusto por el buen diseño, sería la capacidad de comunicación de sus ideas por el medio que ha demostrado infalibilidad a través de milenios y milenios: la palabra escrita.

Autos voladores. Casas en la luna.

¿Conociste los Segway? Esos dispositivos de transporte personal que lucen geniales en teoría pero que realmente jamás despegaron en el mercado más allá de ser masivamente adquiridos para seguridad en centros comerciales. Eso es innovación tecnológica fantástica aderezada con fracaso en los negocios. Pasa muy seguido. ¿Conoces toda esta emoción por los #drones? Están padrísimos, se ven geniales, toman fotos increíbles, pero más allá de ciertas aplicaciones muy específicas, no podrán – literal – despegar al nivel que todos imaginamos en algún punto de ciudades llenas de aparatos voladores personales yendo del punto A al B siendo dirigidos por nuestra voluntad y urgencia. ¿Has escuchado de la Realidad Virtual (#VR, por sus siglas en inglés)? Es un concepto emocionante, pero será más una tecnología de aplicación muy enfocada que algo de uso doméstico diario. ¿Los códigos #QR? ¿Cuántas veces los has usado en los últimos seis meses? #microsatélites, dispositivos que por unos cuantos miles de dólares puedes alquilar en órbitas bajas. Juicero, un extractor de jugo de alta tecnología, moderno, práctico y bonito. Estas dos últimas cosas son el tipo de innovación que sí nos van a pegar directamente. La innovación tecnológica que nos venden en las noticias del día a día es una especie de vómito constante de hardware y software por parte de una industria que cruza los dedos para encontrar algo de valor en su monstruosa salida de propuestas. Mi recomendación es que no te emociones por el simple placer de emocionarte. Que no te pase como a nuestros papás y abuelos que – sin mucho análisis – creían de corazón que en el año dos mil íbamos a tener ciudades llenas de autos voladores y casas en la luna. Fuera de unos cientos de visionarios, prácticamente nadie anticipó tecnología fenomenal como la internet. ¿Qué sigue? Mis apuestas son #MR (Mixed Reality), #InternetofThings, minería espacial, acceso legal a estados alterados de #mente e interacción ultraprecisa con algoritmos de #inteligenciaartificial. Pero mejor hablamos en un par de décadas, queridas PADs.