El sueño americano en México.

Aarón Benítez

Enero 2015


“Sólo los pilotos más valientes de Latinoamérica aterrizan aquí”, escuché decir a otro pasajero. Entre las montañas y la ubicación caótica de su aeropuerto, Tegucigalpa es una experiencia religiosa si tu idea es llegar a ella por avión.


La única vez que visité Honduras es la única vez que he tenido miedo en un vuelo. Nunca es buena señal cuando das vueltas y vueltas y vueltas entre montañas sobre una ciudad y tampoco cuando la pista está a escasos metros de casas habitadas. Agrega el comentario que escuché y ahí tienes los ingredientes para un cóctel perfecto de nerviosismo. Un día, dos años después de aquella visita, vi en las noticias el trágico accidente de un avión en esa horrible pista mal ubicada. Mi fatalismo no era exagerado.


Hoy en día veo hondureños literalmente en cada esquina de mi ciudad todo el tiempo. Eso me hace recordar esta anécdota porque es mi referencia mental más poderosa de su país. Los hondureños que veo siempre están pidiendo limosna en avenidas estratégicas. Son personas que vienen colgadas en los contenedores del tren que cruza el istmo. Son personas que se dirigen a Estados Unidos y que van consiguiendo recursos para sobrevivir en cada plaza que pueden.


Son personas que —como muchos nacionales— van en busca del sueño americano.


El fenómeno de la migración siempre ha estado ahí. No es la idea pensar que con políticas vamos realmente a detener la inherente necesidad que los humanos tenemos de movernos y explorar.


La migración es marketing.


¿Qué hace que te muevas de tu sala cómoda al Starbucks más cercano? El buen marketing.


¿Qué hace que te muevas de tu cama cómoda al estadio de fútbol? El buen marketing.


¿Qué hace que abandones tu país, tu gente y tu comida para ir a un país en donde no hablas el idioma y no conoces a nadie?


Lo mismo. Es el marketing lo que nos empuja.


Y quien diseñó esta idea por primera vez en la historia de la humanidad y lo empujó con todas sus fuerzas fueron los Estados Unidos de América.


Los estadounidenses son geniales. Trevanian los describió en algún momento como niños grandotes que insisten en compartir con todo el mundo lo que van descubriendo. Por eso insisten en que la democracia debe estar en todos y cada uno de los países de este planeta. Y cuando no les hacen caso, se enojan, patalean y lanzan una guerra. Y así, el modelo de insistencia de que su estilo de vida, sus compañías, sus ideas y en general su filosofía deben ser el estándar es algo que promueven agresivamente por todos los medios posibles.


Muchos nos volvemos adeptos a esas notas y consumimos obsesivamente lo que ellos producen porque hemos aceptado muchas de sus ideas. Me encanta el NYT, Wired, Google, Facebook, Bill Gates y Tim Ferriss.


Que me encanten no ha sido una inclinación personal libre que yo haya decidido ejercer bajo mi criterio. En realidad su maquinaria de propaganda me ha empujado hasta el cansancio estas marcas. Y yo —sintiendo una sexy resonancia de intereses— las he aceptado de brazos abiertos.


Estados Unidos tiene marcas para todo. Y si tu onda es más el rap, ya sabes, te venden a Eminem. Y si tu onda son más los deportes, te venden el fútbol americano.


Se les da muy bien esto de vender. Han encontrado la receta genial: insistir y repetir por todos los medios posibles las ventajas y lo positivo de hacer las cosas como ellos dicen. Por eso creemos que la democracia es el único camino. Por eso creemos que el sueño americano es la idea a perseguir. Estados Unidos lleva más de medio siglo promocionando el sueño americano y la democracia como factores de identificación única. Lo ves en las películas que producen, los libros que publican, los discursos que sus Presidentes dan.


Está bien. No se trata de ponernos en actitud infantil anarquista ultrarradical de quince años y culpar de todos los males de la humanidad a los gringos.


Se trata de copiar descaradamente.


Se trata de hacer marketing como ellos.


Se trata de hacer de este país un lugar interesante para quedarse y no para tomarlo de paso.


Toma lápiz y papel. Anota esto:


El sueño americano no es exclusivo de los norteamericanos.


El sueño americano es el nombre a una idea que se puede replicar en donde quieras.


De acuerdo a registros oficiales, la movilidad entre clases sociales en México es prácticamente nula. La enorme mayoría de personas que nacen pobres muere pobres. La enorme mayoría de personas que nacen en un nivel económico medio superior mueren ahí.


Pero yo te digo Bimbo. Te digo Maseca. Te digo Cemex. Te digo Katcon. Te digo Carso. Y te puedo mencionar muchos nombres y empresas que han llegado a ese punto que sería materia perfecta de una película inspiracional de Hollywood.


Tenemos que hacer películas inspiracionales y escribir libros demoledores sobre las grandes obras que mexicanos han hecho y siguen haciendo en estas coordenadas. Es el mejor marketing. Nuestra psicología nos invita a magnificar todo lo que vemos en pantalla, todo lo que vemos escrito. Lo glorificamos más y lo ponemos en un pedestal mental que nos hace desearlo.


Por eso la chica hondureña y su bebé están paradas en la esquina y me ven sin decir una palabra y con ello me expresan su hambre. Están en tránsito hacia lo que el marketing norteamericano les ha vendido a su nivel: ganar dólares por horas.


Una de mis metas es vivir en Nueva York y dominar la ciudad. Pero hay un sueño americano cumpliéndose en México a diario y yo sé que puedo alcanzarlo antes de volar.


Estados Unidos está en el nivel que está por su agresividad intelectual y emocional: van a empujar sus ideas por todos los medios porque genuinamente creen estar haciendo un bien con ello. Y tal vez sí. Llevan muchas más décadas pensando en cómo expandir su influencia y llevan muchos más años haciendo el marketing que hoy les da como resultado nuestro deseo de inmigrar.


Te lo repito: debemos analizar y copiar descaradamente estos pasos, no azotar nuestro ego nacional. Pensar que el éxito de otros es un extremo de un sube y baja que marca nuestro fracaso interno es la forma más fácil de promover la inacción.


El problema no son los gringos. El problema es nuestra falta de un buen marketing nacional constante. Nuestra falta de producción de contenido que glorifique las grandes cosas que estamos haciendo aquí.


Sé —porque conozco a muchos de ustedes, porque he viajado, platicado, leído y visto de primera mano— que estamos haciendo cosas geniales por estos rumbos.


Tenemos que ser esos niños necios e insistentes que le gritan a todos lo que acaban de hacer para que nos aplaudan.


No estamos produciendo películas inspiracionales que hablen del sufrimiento que un tipo de Chiapas tuvo para construir su imperio en Nuevo León y ser reconocido por el universo. Estamos produciendo novelas de una chica que limpia casas y que se enamora del gran heredero de la familia de más abolengo del pueblo. Donde los gringos promueven la inspiración entre su gente, nosotros promovemos el drama.


El drama es el problema número uno en México.


El número dos es la pena. Todo nos da pena. “Disculpe”, “Con permiso”. Analiza cómo hablamos y verás que todo va enfocado a reforzar nuestro bajo perfil. Ser educados es una cosa. Tener miedo social todo el tiempo es otra.


El sueño americano es posible, ha ocurrido y ocurre en nuestra tierra a diario.


Pero nos da pena llamarlo el sueño mexicano.


Es más fácil continuar repitiendo lo que llevamos décadas diciendo: “la crisis”, “la cosa está dura”, “así no se puede”, “¿dónde vamos a parar”, “el gobierno nos tiene jodidos” y demás.


No digas esas cosas.


Los gringos descubrieron una receta muy sencilla y le pusieron un nombre hermoso.


La receta: hacer las cosas que tienes que hacer de forma constante y enfocada. Eso te da éxito. Te lo juro.


El nombre hermoso: la hermosa palabra “sueño” y su nacionalidad. Con ello se apropiaron de la idea.


Pero ahora tú y yo sabemos que esa idea está al alcance de todos nosotros.


Logra tu propio sueño americano en donde sea que estés. ◆