¿EN SERIO CREES QUE LAS TAREAS IMPORTAN?

Aarón Benítez

Junio 2016



Izquierda: mi hijo jugando videojuegos.


Derecha: un ingeniero de SpaceX supervisando sistemas momentos previos a un lanzamiento.


El salto de fe para creer que un niño de nueve años acostado en el piso de su cuarto de juegos puede llegar a ser un profesional experto ante una terminal aeroespacial de alta tecnología de millones de dólares es enorme. Lo sé. Pero me pregunto qué tiene mejores posibilidades de impulsarlo para ese tipo de futuro: ¿Dejarlo crear durante días y horas estructuras cada vez más complejas en plataformas virtuales globales como Minecraft desarrollado por las mentes más innovadoras o limitarlo a transcribir información de libros de texto escritos por quienes no están al frente del pensamiento humano y con cientos de datos genuinamente irrelevantes en exactamente el mismo estilo en que nuestros abuelos lo hacían?




Cuando fui maestro frente a grupo aprendí que las tareas eran un engaño.


La tarea es un engaño para el alumno, quien la ve como algo con lo que debe cumplir.


La tarea es un engaño para el maestro, quien la ve como algo que debe revisar.


No me juzgues mal. Creo que el concepto ideal de la tarea es una idea loable: asignar una actividad que permita reforzar el entendimiento del tema expuesto en clase mediante la reflexión y un poco de repetición.


Pero de nuevo: la tarea no está reforzando más que el hecho de cumplir con algo para ser revisado. Punto.


Yo no quiero hijos responsables que cumplan con todo y su felicidad dependa de que alguien más revise sus actividades y los califique.


Quiero hijos en modo creativo.


Piensa en el inmenso número de ocasiones en que tú y yo nos sentamos unas horas o minutos antes de la materia donde iban a revisar nuestro trabajo. Recuerda bien ese momento. ¿Qué hacíamos? Comenzábamos a hacer la tarea con el afán de terminarla. Lo hacíamos con base en nuestro talento y habilidades del momento o tomábamos prestado el talento y la habilidad de alguien más.


No recuerdo un solo instante de mi vida en que me haya sentado de forma reflexiva a analizar la tarea con toda la intención del mundo de complementar mi conocimiento o sentirme más seguro con el tema.


Supongo que hay gente que sí lo hace.


Supongo que tengo amigos en mis generaciones escolares que sí lo hicieron: que vieron la tarea como un punto de análisis y no de cumplimiento.


Pero no llega a mi cabeza ningún nombre, ningún rostro en concreto.


Es decir, de las miles de personas que han cruzado por mi vida, probablemente una minúscula y ridícula cantidad de ellos - si acaso - hicieron la tarea como se supone debe hacerse la tarea.


Mantener dentro de nuestra rutina “educativa” una actividad que sólo beneficia a un porcentaje ínfimo es tiranía emocional. Es un castigo. Es una flagelación social.


Recuerdo durante la universidad una clase de sistema digitales donde teníamos que diseñar, programar, soldar, construir y presentar un proyecto con chips electrónicos. Fue la única actividad en que sentí que brillé durante toda mi universidad. Me emocioné por la libertad de ser yo quien pudiese escoger el proyecto, coordinar la compra de los componentes, asociarme con quien quisiera de mis compañeros para llevarlo a cabo y “presumirlo” ante los demás.


Ni en ese instante ni ahora lo vi como una tarea.


Era un estímulo intelectual.


El niño superando el siguiente nivel de su nuevo videojuego. Eso es lo que necesitamos. Niños resolviendo problemas con dispositivos. Porque ahorita es una consola, pero en veinte años será un compilador de materia con el que tenga que lidiar.


El niño convenciendo a sus demás amiguitos para reunirse en tal parque y de ahí pasar a convencer a sus papás de que los lleven. Eso es lo que necesitamos. Niños con iniciativa en lo social. Porque ahorita son sus amiguitos del colegio pero en veinte años serán sus colaboradores en la startup.


El niño construyendo pistolas y castillos con cajas de leche y ligas gracias a tutoriales gratuitos enYouTube. Eso es lo que necesitamos. Niños que sepan aprender lo que necesiten aprender por sí mismos en cada paso. Que no dependan de ti o de mí o de su maestro para poder adquirir nuevo conocimiento. Porque ahorita son tutoriales infantiles, pero en veinte años serán habilidades cada vez más complejas que ingresarán fácilmente a su caja de herramientas cognitiva.


Hace unos días me preguntaron cómo estoy educando a Diego y cómo voy a educar a Julieta. Querían saber si con mis ideas radicales los voy a enviar a alguna escuela o de plano pienso iniciarlos en alguna especie de sociedad secreta de la enseñanza de alto nivel con prestigio internacional.


Mi respuesta fue esto que voy a compartir contigo: no me interesa la escuela, no la veo como un punto vital del aprendizaje de mis hijos. A mí me enseñaron cosas del sujeto y predicado, de la célula y las capitales de todos los países del mundo y hoy no recuerdo nada de ello.


Y aún así me he conseguido una gran cantidad de oportunidades en la vida.


Mis hijos irán a la escuela en el sentido en que la veo: como un espacio social donde aprenderán a convivir bien y en paz con los demás. Y listo. Eso es todo. Lo veo como el equivalente de un club deportivo a su edad. Es un lugar donde van a tener una red y a aprender que no deben golpear a quien opine diferente ni a burlarse de alguien que sea distinto. Y ya. C’est fini.


Mi apuesta no está en la enseñanza que sus maestros puedan darle. Ni en el programa educativo ni en el material didáctico. No controlo nada de eso. ¿Por qué insistir en que mis hijos se sientan inspirados por algo que ni siquiera a mí me inspira?


Mi apuesta está en la confianza y los elementos emocionales, intelectuales y físicos que yo le pueda aportar en casa para que él aprenda lo que él quiera aprender cuando lo quiera aprender.


La competencia por excelentes calificaciones te lleva sólo a aspirar a tener lo que la gente de excelentes calificaciones tiene.


Las excelentes calificaciones no le estorban ni le estorbarán jamás a nadie.


Pero es un enfoque ya muy recorrido y que sólo te lleva hasta cierto punto. No es malo.


Yo sólo quiero que la vida de los niños sea una plena, sin miedos, sin necesidad de estrés por cumplir algo a lo que no le encuentran sentido para que alguien más lo revise.


En el sistema de tareas actuales, cumplimos como alumnos y sentimos que hemos logrado algo.


En el sistema de tareas actuales, revisamos como maestros y sentimos que hemos logrado algo.


Y sí. Hemos logrado algo.


Engañarnos.


Porque todo lo que cumplimos que no lleva la marca de querer ser trascendental, no abona entonces a ello.


Proyectos intelectual y emocionalmente estimulantes, sí.


Tareas para sólo hacernos sentir que los niños avanzan en algo, no.


Videojuegos. YouTube. Reuniones, sí.


Libretas, libretas, libros, libros, boletas y boletas, no.


Ignora las tareas. Este es un llamado a la revolución de los padres en un punto que podemos controlar: las cosas a las que el niño enfoca su atención en casa. Déjalo jugar. Déjalo andar. Cómprale libros. Entusiásmate con sus videojuegos. Deja que aprenda en YouTube. Es algo loco, porque nadie nos ha dicho que ésta es una posible ruta también.


Pero nadie ha visto el futuro. Y la mejor forma de prepararlos es con lo que tenemos ahorita, no con las actividades recomendadas por expertos de hace cien años.


Hace unas semanas mi hijo entró a la habitación. Yo estaba en la cama leyendo. Se acomodó junto a mí, cubriéndose con las sábanas y abrió el libro que traía con él. “Voy a leer un rato. Quiero ser un pro como tú” y procedió a lo suyo.


¿Qué te puedo decir?


Ja-más, ninguna tarea escolar que él pueda cumplir en la vida —por muy excelente que sea— me va a hacer sentir como esa noche me sentí.


Siéntete así. ◆