Marketing de ti mismo: un siglo injusto.

Abril 2021

Aarón Benítez


Cada rayón que le doy al automóvil provoca el mismo comentario de mi esposa:


“Estás destruyendo nuestro patrimonio”.


Yo río y sigo adelante. Ella hace exactamente lo mismo. Es una broma interna que tenemos desde hace tiempo.


El carro. La casa. Las empresas. Yo no considero nada de eso el tipo de patrimonio que me interese dejar principalmente a mi familia. Digo, claro, quiero que estén bien y quiero que puedan construir sobre lo que yo he construido, si así lo desean. Pero casas, terrenos o automóviles no son cosas que representen el verdadero patrimonio de este siglo.


Este siglo es altamente intelectual y social.


Repítelo lentamente conmigo: éste es un siglo altamente intelectual y social.


Como nunca, esas dos cuestiones son las más relevantes para cualquier tipo de éxito que te interese.


Este siglo trasciende el empleo de cuatro décadas y la jubilación. Deja atrás ese tipo de aspiraciones.


Este siglo es superior en las ambiciones de cada uno de sus residentes.


No simplifiques lo que te estoy diciendo con un fácil “ah, entonces a Aarón no le importa dañar su auto y tampoco le interesa dejarle un patrimonio a sus hijos”. No. No va por ahí. Simplificar un argumento siempre es símbolo de nuestro abandono de la profundidad filosófica.


El patrimonio que he ido acumulando es el de una marca personal poderosa. Es un patrimonio que hace que el mundo me tome cada vez más en serio.


Un mundo que te toma en serio, es un mundo que te da oportunidades.


Mi marca personal es el patrimonio más importante que tengo.


Es lo que me ha permitido crecer de tres lectores a decenas de miles de personas en mi audiencia en varios rincones del mundo.


Es lo que me permite estar todos los días con decenas de mensajes en mi e-mail, WhatsApp e inbox de personas que buscan expandir sus oportunidades proponiéndome algo.


A finales de los noventas, mi marca personal valía probablemente cero dólares. No era un estudiante sobresaliente. No era guapo. No era atlético. No era gracioso. No era altamente creativo. Mis decisiones eran promedio. Y mi ejecución incluso debajo de ello.


Hoy mi marca personal vale mucho. Lo sé porque sumo a las personas que he podido integrar a mi equipo, a mi vida, a mis ideas. Sumo sus salarios. Sumo sus aportaciones. Sumo las cosas en las que ando. Sumo las cosas que van llegando. Las que van a llegar. Sumo los brincos y preguntas de is hijos, los besos de mi esposa. Sumo los viajes, los artículos, los cursos, los libros, los suspiros y las conversaciones en las que me he involucrado. Todo eso suma una cantidad bastante considerable, mi querida lectora, querido lector.


Pero sigo sin ser guapo, atlético, sobresaliente en los estudios o gracioso.

¿Qué cambió?


Han sido poco más de quince años desde que de forma muy consciente —aunque poco constante en la primera mitad de ese periodo— me propuse crecer en serio. Al principio no sabía cómo hacerlo. Verás, casi nadie que tiene el tipo de éxito que queremos se detiene y regresa a explicarnos paso a paso cómo hacerlo. Sí. En alguna entrevista comentan algunas de las decisiones que tomaron. Pero hasta ahí. Yo pensé en conseguir los resultados que admiraba en otros a través de una maestría, de un nuevo trabajo, de la lotería. Pensé en todo eso.


Lo que me ayudó fue analizar, intentar, tener conversaciones difíciles, escuchar atentamente —casi obsesivamente— únicamente a aquellos que ya están en el punto en el que yo deseo estar un día y ejecutar lo que me aconsejaban a través de sus obras.


Diseñé una especie de curso personal para tener éxito y lo comencé a ejecutar.


Ese curso han sido los cientos de artículos que han construido mi blog. En él, explico las cosas que necesitaba que alguien me explicase a los veinte años, cuando era un estudiante universitario bastante desenfocado lleno de sueños que lucían ridículos entonces, por decir lo menos.


Me expliqué las cosas que yo necesitaba que alguien me explicase a los veinticinco años, cuando era un empleado típico quejumbroso lleno de sueños que lucían ridículos entonces, por decir otra vez lo menos.


Me expliqué en mi blog las cosas que yo necesitaba que alguien me explicase a los treinta años, cuando era un emprendedor novato con muchos miedos pero lleno de sueños que parecían ridículos entonces, por decir de nuevo lo menos.


Soy un maestro. Escribir a diario para mí no es escribir. Es explicar mi mundo, lo que traigo dentro. Si no lo hago, exploto y el universo se contrae en una singularidad espacio-temporal. Por la salud de todos, debo explicar y sacar las cosas de mi sistema.


Te decía que soy un maestro. Busco orientar en las cosas que he aprendido y en las que creo a aquellos que están interesados en llegar a ese punto y superarlo.


No soy el tipo más inteligente del vecindario.


No soy el tipo más guapo ni en mi casa.


Te digo esto para atacar las típicas barreras que solemos ponernos de inmediato para justificar nuestra inacción: “ah, es que Aaron logró (eso) porque él (y aquí inserta alguna especie de súper poder que creas que tengo)”.


Dios. Soy tan común en tantas cosas que te sorprenderías.


En otras no.


Mi enfoque en el largo plazo es algo que casi nadie tiene. La gente se desespera, se agobia con minucias de la vida diaria. Todo les resulta inconmensurable. A mí no. Como cualquier ser con pulso en este planeta, tengo problemas pero no dejo que interfieran con mi “gran plan”.


¿Tienes un gran plan?


Lo triste es que casi nadie lo tiene.


Las técnicas que enseño a diario no son teóricas. Las he probado por años y las utilizo en mi vida todo el tiempo. No estoy buscando hacer un ejército de “Aaroncitos”. Estoy buscando ahorrarte tiempo y agregar valor desmedido a esta bella relación digital que tú y yo tenemos, tú en aquel lado de la pantalla, yo aquí en esta dimensión al otro extremo.


Nunca nos enseñan a explotar nuestra marca personal. No sabemos cómo hacerlo. Los que tienen éxito en este asunto no regresan a explicarnos cómo abordar la misión.


Yo contribuyo a diario con este punto en tu vida. Te explico cómo es que he tenido ese “éxito” de mi marca personal paso a paso.


Y claro, hago dinero ocasionalmente con alguno de mis libros, cursos o eventos, porque si no, ¿entonces qué tipo de ejemplo te estaría dando?

Ah, y pongo “éxito” así, entre comillas, porque no me siento exitoso. Ninguna persona que se la pasa haciendo cosas siente realmente que ya logró lo que tenía que lograr.


Por favor, abandona la idea de que “marca personal” es sinónimo de tu corte de cabello y la ropa que utilizas. Sí. Es parte de. Pero es una parte ridículamente mínima. No me refiero a que no importe. Me refiero a que nadie a quien quieras impactar bien le va a durar más de cinco minutos esa impresión favorable de lo formidablemente bien vestido que llegaste a la reunión. Tiene que haber más en tu persona. Mucho más. Pensar que el corte de cabello y la ropa son elementos cruciales para el éxito es como creer que las gafas oscuras y un sistema de sonido de última generación son factores vitales para conducir bien en largas rutas. Prioridades. Perspectiva. Por favor.


Cometemos el gran error de permitir que nuestras acciones, creencias y rutinas las guíen personas que queremos o respetamos en lo emocional-académico-laboral. No lo sabemos, pero así es. Cuando nos torturamos —como lo hice yo— durante dos o tres años adicionales para finalizar mis estudios universitarios porque maestros y amigos dicen que eso es lo correcto, estamos reaccionando, no creando nuestra realidad. Tipos fantásticos como Peter Thiel dan becas a jóvenes para que se salgan de ese ritmo académico engañoso. Nadie con una hilera de logros de clase mundial funciona mentalmente de la manera en que lo hacen las personas promedio.


Nadie con una hilera de logros de clase mundial funciona mentalmente de la manera en que lo hacen las personas promedio.


Este es un siglo injusto para quien no sepa hacer marketing de sí mismo.


Este es un siglo injusto para quien no sepa adaptarse rápido en espíritu y cuerpo.


Este es un siglo injusto para quien no lee las mejores ideas del mundo en inglés en libros modernos que no piden nada a legados culturales milenarios.


Este es un siglo injusto si lo quieres abordar con el mismo set de herramientas emocionales-sociales-académicos con el que tus papis y tus abuelitos lo abordaron.


No te quiero convencer mucho de comprar mis libros, cursos eventos.


Este es un llamado para una especie de tribu muy peculiar.


Si estás en ella, lo estás.


Si no, todo esto te va a sonar a tonterías, pura venta y así.


Una marca personal poderosa no lo es todo para este siglo. Pero sí es bastante. Créeme. Vivo los resultados y los veo en otros.


Mis cursos, libros y eventos no contienen tareas. No hay exámenes. No hay diploma. No hay palmaditas mías de felicitación en tu espalda.


Pero bien ejecutados los conceptos a los que te expones con ellos, tienes toda una vida de recompensas por delante.


No inviertas en ti.


Invierte en tu patrimonio.


Tu patrimonio social-intelectual.


El verdadero patrimonio del siglo veintiuno. ◆