HAGAMOS SEXY ESTE ASUNTO DE LEER

Una guía para conseguir que más personas lean.

Un silencio nuevo.

Hagamos sexy este asunto de leer.

La forma para hacerlo es fácil: estás en una mesa con tus amigos, la plática es la misma de siempre, logras primero suprimir esas ganas de aportar la irrelevancia usual, decides hackear la conversación, hablas sobre lo que sea que has estado leyendo —una historia, una idea, un diálogo. Lo haces con convicción. Has escogido hablar de lo que realmente te ha impactado en tus lecturas. Lo transmites naturalmente. Es ahí cuando te das cuenta que la convicción aflora si le das el momento y el material adecuado.

Si nunca antes has hablado de libros y autores con tus amigos, verás algunas caras contorsionarse.

Después de tu magistral aportación literaria, espera un silencio.

No es un silencio incómodo. Esos sólo ocurren entre desconocidos. Es un silencio nuevo. Uno que jamás había aparecido entre ustedes.

Nuevo no es malo. Es diferente.


Di no a las drogas.

No pidas a la gente que lea. Darles una orden simplona al estilo “Lee porque es bueno para ti” tiene la misma eficacia que el tonto anuncio de “Di no a las drogas”.

“Lee porque es importante” es un mensaje que entra en la misma categoría que “Haz deporte”, “Consume frutas y verduras”, “Este producto es nocivo para la salud”, “Instrucciones en caso de incendio”, “Jale para salir” y demás joyas mal pensadas de nuestra vida diaria. Sabemos que estos mensajes son importantes pero no los diseñamos creativamente para taladrar a la audiencia adecuada.

Nadie pone atención.

¿Por qué no?

Por la simple y sencilla razón que tenemos que ser siempre lo más específicos y llamativos posibles en lo que sea que queramos que otras personas hagan, incluso si es por su propio bien.

Cuando somos niños y nos piden que digamos no a las drogas, no sabemos cómo demonios lucen las tales drogas. Crecemos con ese inútil mensaje a cuestas y un buen día —cuando ya estamos en nuestras primeras salidas nocturnas— un amigo nos ofrece una pastilla. Nuestro cerebro tontín nos dice que una pastilla no es droga ya que todavía no tenemos el criterio suficiente para afrontar estos momentos relevantes de la vida.

Esa pastilla no es droga porque el concepto de “la droga” es difuso. Es maldad indefinida al igual que el monstruo del armario: nadie sabe cómo luce, lo único que sabemos es que debemos temerle. El día que se nos aparezca lo vamos a confundir con todo menos con lo que es.

Así pues los polvos, las pastillitas bonitas de colores y demás presentaciones de la droga parecen todo menos droga. Es altamente irrelevante que hayamos visto el tonto mensaje de “Di no a las drogas” en videojuegos, pósters y televisión, pues no tiene realmente ningún efecto en nosotros. Es como cuando te encuentras el irónico mensaje de advertencia del FBI en contra de la piratería al inicio de todas las películas piratas.

Todo mensaje que repetimos hasta el cansancio se vuelve primero irrelevante y luego invisible.

¿Quieres combatir a las drogas en serio? Sé específico y genera buen criterio en los niños.

Un buen criterio se logra cuando tienes muchos recursos internos a los cuales recurrir. Para ello hay que ingresar material de alta calidad a nuestro cerebro. Es ahí donde entra a escena la lectura.


¿Qué libro es?

¿Quieres que la gente lea?

Haz sexy el asunto. Hazlo novedoso.

Pero sobre todo, hazlo específico también.

No es “Lee, es bueno para ti”. Eso lo decimos los adultos y maestros aburridos —y lo peor es que muchas veces ni nosotros mismos leemos.

Puedo oler a diez kilómetros de distancia cuando alguien no es un lector serio y constante por la frase “es que siempre le digo a las personas que lean, pero [no entienden/no lo hacen/no les interesa/etcétera]“. Un lector profesional —if there’s such a thing— no se preocupa de esa manera porque los demás lean o no. Se ocupa en leer. Es como si un futbolista de una buena liga quisiera animar a la gente a jugar fútbol regañándolos porque no lo practican, porque no entienden/no lo hacen/no les interesa/etcétera. Un profesional del balón inspira a otros a seguir el camino del fútbol jugando bien.

Así pues, tú lee bien.

Se trata de hablar de lo que estás leyendo con la misma naturalidad que hablarías de lo mucho que te ha gustado una nueva serie en Netflix. Cuenta la idea o la historia del libro y espera a que te hagan la pregunta.

La pregunta.

No les digas el título del libro. Espera siempre a que te pregunten “¿Qué libro es?”. Existen muchas más probabilidades de que quien te pregunta esto busque ingresar la información de forma genuina a su sistema operativo personal. Cuando te hagan la pregunta, comparte el nombre del libro, autor, lugar de compra y más sobre la historia o idea. Eso es ser específico. Autor. Título. Lugar. Argumento. Eso es ser específico porque responde a las preguntas qué, quién, dónde, por qué.

Cuando dices “Lee, es importante” no respondes pregunta alguna.

Repite este proceso muchas veces y verás que influirás en la gente a tu alrededor. Lo sabrás el día que te digan que ya compraron y han comenzado a leer tal y cual título. No saltes aplaudiendo de alegría en ese momento. Guarda tu sorpresa y entusiasmo. Keep it cool. Hazle notar a tu nuevo amigo lector que para ti resulta lo más natural eso de platicar con él sobre libros. Si lo haces así, así se volverá el asunto.

Repito: evita a toda costa ordenar “Lee, es bueno para ti”.

Haz lo que te dije líneas arriba. Esa es la segunda mejor técnica.


Mensajes flojos y bobos.

¿Y cuál es la mejor técnica para hacer que la gente lea?

Que leas mucho y que la gente lo note. Que la gente lo vea.

Es como si tienes una patineta y haces toda clase de suertes en el parque. La gente sabrá que eres el experto. Y si quieren aprender trucos con su tabla, tendrán que acercarse a ti.

Cuando usamos mensajes estándares para cuestiones importantes, perdemos la capacidad de fijar la atención de nuestra audiencia. Si el mensaje es realmente importante, debemos tomar todo el tiempo necesario para ingenierizar la manera más adecuada para hacerlo llegar efectivamente a quienes nos importa que lo reciban.

“Di no a las drogas” es una de las campañas más fallidas en la historia de la humanidad. Tú lo sabes porque lees el periódico y vives en una ciudad. Su fracaso se nota.

“Di no a la mota. Te la van a presentar como un cigarrito coqueto en una fiesta con tus nuevos amigos. También le dicen porro y hierba. Alguien de tu edad o su hermano/a mayor te la van a ofrecer para que la pruebes y veas qué se siente”. Eso es un mensaje claro, un mensaje utilizable. Si explicamos y repetimos esto a un niño de ocho años, le va a permitir identificar el escenario el día de mañana.

No tengo mucho a favor o en contra de la marihuana. Sí tengo todo en contra de los mensajes flojos y bobos en los que se gastan presupuestos millonarios.

“Lee, es bueno” genera exactamente el deseo opuesto en nuestros jóvenes y niños. No les pidas leer. Pídeles que se sumerjan en una historia increíble en la que tú ya te metiste. Haz que así como te ven de emocionado, ellos se pueden emocionar igual.

Si no cuidamos la forma en que entregamos el mensaje de la lectura, el sentimiento de aversión y rechazo se acrecentará en esta área fundamental del intelecto, una de las pocas que aún nos pueden sacar del hoyo en el que nos metimos hace mucho tiempo.


Redes banales.

Tenemos que hacer de todo este asunto de la lectura algo sexy.

Si eres un lector apasionado o un lector principiante —o cualquier otro tipo de lector— tienes que salir de tu cueva mental y compartir en Tik Tok, Facebook, Youtube y demás lo que opinas sobre tus libros. Tus ideas sobre cómo debió terminar tal historia. Lo mucho que te impresionó tal idea. Entre más alto sea el perfil que le demos a esto de la lectura, más interés natural generará.

Si compartimos memes, caídas y demás tonterías, ¿por qué no mejor compartimos nuestras notas personales de libros?

De entrada no necesitamos más donaciones de libros, más bibliotecas, más reducciones a los impuestos de la industria editorial, más programas de gobierno o más monumentales iniciativas privadas para convertirnos en un país de lectores. Necesitamos abordar nuestra obligación moral individual con nuestro círculo de influencia. Si yo leo, ¿por qué no hacer mi parte para que otros descubran lo grandioso que es?

Nos convertimos en los hábitos que procuramos en nosotros y otros.

Compartir notas interesantes de alguien más en nuestras redes sociales está bien. ¿Pero qué tal si comenzamos ya a generar las nuestras más allá de hablar de lo genial que estuvo la borrachera anoche con los amigos o lo ofendido que estás con la nueva propuesta del presidente o lo desesperado que estás por ir al estreno de tal película?

Se llaman redes sociales, no redes banales. Usémoslas para hacer algo bueno con la parte de la sociedad en que podemos influir.

La mejoría de nuestra sociedad no reside en la mera lectura. Pero vaya que es una muy buena espada para entrar a las muchas batallas que tenemos que ganar para llegar hasta ese punto.

—A.


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