NADA QUE NO TENGAS AHORA

Romances, eventos e idiomas para hackear la universidad.

Tú y yo, ya no somos novios.

Ella era menudita y bastante lista. Yo la amaba. O al menos en esos tiempos yo confundía muy bien la mezcla de obsesión y pasión con amor. El día que terminó nuestra relación por octava ocasión —pero por primera vez en serio— fue en un pasillo popular de la universidad. La vi a la distancia y caminé hacia ella. La energía y velocidad con la cual se dirigía hacia mí me hizo sonreír de emoción. Sin mediar saludo alguno, aventó inmediatamente su dardo emocional letal. Levantó la mano a la altura del pecho, ejecutó el movimiento del que da un golpe definitivo con el canto al cuello de un enemigo y me explicó sin miramientos

—Tú y yo, ya no somos novios.

No lloré porque Dios es grande. Sentí que era el fin del mundo. ¿Qué iba a hacer sin ella? ¿Cómo me iba a recomponer después de perderla? ¿Qué sentido tenía todo si no la podía besar?

Drama fuerte. Drama espectacular.

Siempre te lo he dicho, querida lectora, y es en serio: yo era el tipo más dramático del mundo.

(Siendo honesto ella tenía razón en terminarme. La noche anterior fui un perfecto borracho insoportable, celoso y acosador afuera de su departamento, aunque en mi estado intoxicado yo creía que estaba siendo divertido y romántico).

Durante la universidad me rompieron el corazón y rompí corazones a diestra y siniestra. Me expuse al sexo como se supone que uno debe exponerse al sexo en esos instantes de la vida: sin inhibiciones, sin miedos, sin mesura. Me expuse al amor pensando tontamente que lo que uno siente en cuarto semestre se mantendrá en ese nivel de intensidad toda la vida, como si las condiciones tanto externas como internas de la relación se fueran a mantener siempre iguales.

Alguna materia universitaria debería tomarse la molestia de explicarnos que el hecho de que ahora —durante nuestros estudios— mi pareja y yo nos entendamos muy bien, no significa que así seguirá siendo después de graduarnos. Esa materia universitaria debería explicarnos que las metas personales usualmente irán en polos diferentes, que lo que sea que pensamos que es amor usualmente es una obsesión y que el sexo no es lo especial que pensamos que es. Esa misma materia debería decirnos que no está mal pensar a largo plazo con esa persona, pero que tenemos que ser ecuánimes en todo, incluidas —y sobre todo— nuestras relaciones sentimentales.

“Análisis del drama”, o algo así bautizaría a esa materia.

Una de las ventajas de las muchas tonterías sentimentales dramáticas en las que me involucré en la universidad es que aceleraron mi capacidad de entender que no quería más situaciones así en mi futuro. Una de las cosas que digo a universitarios es que aprendan a pasar rápido de una relación a otra. O que aprendan a estar solos. Muy poca gente sabe estar sola.

Yo no estoy aquí para decirte que estás mal si crees que ya has encontrado el amor de tu vida en el segundo semestre de la carrera universitaria. Estoy aquí para decirte que avientes la mente al otro extremo y sepas visualizar también un mundo sin esa personita especial.

En la universidad somos todo menos adultos verdaderos. El sexo y cierto grado de independencia nos hacen sentirnos grandes, pero la realidad es que somos niños empoderados. Y como ya podemos votar, emborracharnos y escoger nuestras materias, creemos que tenemos la madurez para tomar decisiones importantes del corazón.

Que yo sepa, nunca tenemos la madurez para tomar decisiones importantes del corazón. Lo que más vamos desarrollando con la edad es confianza en los instintos. Es diferente. Tal vez es mejor.

Exponerme al romance continuo y extremo en la etapa universitaria me ayudó a no tener que buscarlo con la misma frecuencia e intensidad en años posteriores. Creo fervientemente que todo el mundo pasa por estas etapas, sólo que unos deciden experimentar toda esta vorágine emocional a principios de sus veintes y otros a mediados de sus treintas. Yo te recomiendo que transites por todo esto lo más joven posible. Nos vemos ridículos a los cuarenta lloriqueando como si tuviéramos diecinueve. Enfoquémonos.


Te digo todo esto porque creo que tú vas a hacer cosas.

Organizar un evento para mil personas que dure cuatro días con invitados de diez países y un presupuesto de medio millón de pesos a los veintiún años fue la experiencia definitiva durante mi etapa universitaria.

Reprobé una docena de materias durante los dos años que organicé eventos.

Y lo volvería a hacer.

Tomar el teléfono y llamar a un tipo que pocos años después lanzó lo que el mundo conoció como Google Glass —en aquellos años casi nadie le hacía caso a su concepto de wearable computing— y coordinar con él su visita a mi evento fue de las mejores clases en confianza personal para resolver todo tipo de asuntos. Nadie me dijo cómo dirigirme a profesores de las mejores universidades de Estados Unidos y Europa. Nadie me dijo cómo comprar boletos de avión internacionales cuando hasta ese entonces yo jamás había viajado en uno. Nadie me dijo todas las cosas que aprendí a hacer y que después he repetido sin cesar en la vida hasta el punto de sentirme cómodo con ellas.

Tus materias no son lo más importante durante la universidad. Te lo digo yo y todas las personas exitosas de alto nivel que quieras traer a tu mente en este momento. No aprobé fácilmente todas mis materias, ni egresé rápido, ni conseguí grandes calificaciones.

Organicé eventos geniales. Eso sí.

Organiza eventos. Sé voluntario en las buenas asociaciones estudiantiles que existan en tu universidad. Y si no hay, fúndalas. Eso hice con un grupo técnico internacional que a la fecha se mantiene haciendo cosas en mi alma mater. Espero morir y que continúen haciendo cosas.

Organizar eventos desarrolla en ti un temple de superhéroe. ¿Por qué? Porque un patrocinador no va a honrar su compromiso. Un conferencista va a llegar tarde. No vas a vender todos los boletos que habías planeado. La sede no va a estar lista a dos horas de iniciar. ¿Quieres pasarla tranquilo durante la universidad? Bien. Así pasarás la vida: sin altibajos, tranquilo. Nada más que no subes de nivel ni en la montaña rusa si no te expones a sacudidas. Colócate todo el tiempo en esas sacudidas y subirás de nivel.

¿Qué tipo de preparación crees que obtuve al ponerme al frente de cincuenta estudiantes voluntarios? ¿Qué tipo de preparación crees que obtuve cuando reporté avances directamente a la dirección del plantel? ¿Y qué crees que aprendí cuando tuve que ir a cenar en inglés con los conferencistas internacionales? ¿Y cómo crees que me sentí cuando tuve que informar a la audiencia que un expositor famoso no iba a poder llegar? ¿Y cuando tuve que negociar con empresas para obtener más recursos?

No hay materias que te enseñen estas cosas mejor que hacerlas. Hazlas. Ser teórico está bien. Ser práctico y ejecutor en este nivel universitario es poderoso.

La seguridad de poder lograr resultados a tan corta edad quedó en mí para explotarla algunos años más adelante en negocios. Sabía que podía ser líder porque ya lo había sido en la universidad. Son de esos rasgos que tienes que ser muy honesto contigo mismo para evaluar si los tienes o no.

Mi principal mentor en la universidad fue un joven de noveno semestre cuando yo iba en segundo. Seguimos siendo amigos. Tomó el tiempo para pulirme, explicarme cosas de la política escolar y presentarme a sus contactos. Un día, mientras comíamos pizza, confesó

Te digo todo esto porque creo que vas a hacer cosas.

No lo entendí en ese momento más allá de sentirme halagado. Él vio algo en mí que yo todavía no veía en ese instante. Desde entonces busco ser ese mentor para los jóvenes entusiastas y proactivos que se van cruzando en este camino de la vida.

Sé voluntario. Organiza eventos. Funda clubes. Haz cosas. “Pierde el tiempo”, como seguramente te van a acusar. Las relaciones y habilidades que vas adquirir te van a poner en una posición superior. No mañana. Sí en cinco, diez años. Si no ocurre así, me escribes pasado ese tiempo y me dices que soy un fraude y que mentí. Te invitaré unas cervezas —será lo menos que podré hacer.

Pero eso no pasará. Verás.

(Tú vas a querer invitar las cervezas).


Mira, el puto confió en su nivel de inglés.

Cuando platiqué a un par de compañeros de la universidad que trabajaba de medio tiempo me preguntaron en dónde. Les dije que daba clases en el mejor instituto de inglés de la ciudad. Uno se dirigió al otro y le dijo —en tono de broma y con cierto deje de envidia

Mira, el puto confió en su nivel de inglés.

Fui rechazado en otras siete escuelas para dar clases porque o no tenía experiencia o no tenía papeles o no tenía disponibilidad de tiempo completo. La empresa que me aceptó era la única a la que no había aplicado para una posición de maestro de tiempo parcial. Me intimidaba. Yo había estudiado inglés ahí años antes de entrar a la universidad y sentía que no me iban a aceptar. Veía a mis maestros de inglés de aquel entonces como dioses y no me consideraba capaz de estar a la par.

Era como ser bueno en tu equipo de fútbol juvenil y pensar que puedes estar en el vestidor del mejor equipo del mundo con tus ídolos.

Yo no quería trabajar, pero necesitaba dinero. Salir al antro y vivir en el romance requería un combustible que en casa no me podían dar. Hice una lista mental de las actividades que podía hacer para obtener dinero. Llegué rápidamente a la conclusión de que era un inepto. No sabía arreglar aires acondicionados, ni automóviles, ni cosas así. Caí en cuenta que mi única habilidad vendible era hablar inglés.

Al iniciar mi entrenamiento para dar clases, comencé —sin saberlo— a llevar mi dominio del idioma a niveles que jamás habría conseguido de otra manera.

Hoy lo sé: la mejor forma de comprobar que realmente sabes algo es demostrando tu capacidad de explicarlo clara y sistemáticamente.

Comencé a ser lo más claro posible con mis alumnos. A motivarlos y explicarles en términos simples lo que ellos querían saber. Era mi naturaleza estar al frente, tenerlos relajados, ser ameno y conseguir que entendieran el tema.

Ojalá hubiese sido más estratégico en mis años universitarios para inscribirme a cursos de francés o japonés y agregar algo más a mi cartera de persona interesante. No lo hice, pero te lo recomiendo ampliamente. Tú sí hazlo.

Aprender muchísimo sobre el inglés ha sido probablemente la mejor inversión de mi vida.

Las ideas, situaciones y personas a las que he estado expuesto desde que dominé este idioma a un nivel alto no tienen precio. He viajado, he cobrado, me he inspirado y he estado en puntos en los cuales no habría pensado si no tuviese la facilidad de acceder al mundo que se mueve en el latín moderno.

Deja de pensar tonterías como “ya terminé el inglés”. No puede haber un exceso de aprendizaje en esto. No es posible. Durante toda tu carrera universitaria sigue estudiando inglés. Aprovecha todos esos años y lleva el asunto a un punto ridículo de dominio. En serio. Está genial que estudies chino y alemán, pero el inglés es aquello en lo que mejor debes redactar, hablar y escuchar. Make it second nature. No pienses en términos de que a los quince terminaste todos los cursos de una escuela y ya no hay más que puedas hacer. Inscríbete a más programas en otras escuelas. Y así. Habrá un momento donde ya no tengas tiempo. Pero en la universidad haz ese tiempo. En ninguna empresa te van a preguntar —como condición imperante para una gran posición— si aprobaste muy bien la materia de metodología de la investigación. En ninguna. Pero sí van a querer que hables inglés como los dioses para otorgarte los miles de dólares que la super posición ofrece. Enfócate y entiende que el inglés —y más idiomas, claro está— es de lo mejor en que puedes gastar tu TAD (Tiempo, Atención y Dinero).


Hoy soy empresario con experiencias geniales y terribles dentro de mi recorrido. He viajado por el mundo. He escrito libros, impartido cientos de conferencias. Soy corredor y dueño de mi tiempo. Tengo una hermosa familia.

Me siento bien.

Quisiera decirte que fue fácil y rápido. Pero si has llegado hasta aquí en la lectura, sabes que nunca es así. Nunca. Jamás pienses que el éxito de quien sea es producto de la suerte o circunstancias. En serio.

Durante mi etapa universitaria fui un tipo más desenfocado que otra cosa.

No tenía visión de largo plazo.

El ruido del mundo —lo que pensaban mis familiares, mis maestros y mis amigos— era a lo que más atención ponía.

Me sentía triste y frustrado porque mi promedio escolar no era excelente. Eso sólo podía significar que yo era una basura.

Haber enfocado —sin querer— mis recursos emocionales, físicos y mentales en las tres áreas que te menciono en este artículo pagó grandes dividendos a mi existencia.

Agrégale ser lector voraz y dominar la pena y ahí tienes cinco cosas que te garantizo te van a impulsar locamente.

Vive el romance al extremo y supéralo rápido.

Organiza eventos y domina el estrés.

Habla inglés como los dioses y comunícate bien con el mundo.

No tengo ni tuve nada que no tengas ahora para explotar. No soy más inteligente que tú. No tengo más brazos. Mi cerebro no pesa más. No tengo parientes influyentes o millonarios.

No hay excusas.

Ve estos tres puntos del artículo como punta de lanza para hackear la universidad para bien. Lo más importante en la universidad es la experiencia universitaria.

Es hacer cosas.

Haz cosas.

Sé audaz. Es un pecado estar en tus veintes y no serlo.

Es un pecado estar en tus veintes pensando como las personas de la vieja guardia, ya sabes, donde la gloria está en una casita, un carrito y un empleo seguro.

De nuevo: sé audaz.

Y selo ahora.

—A.


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