PARECE 1997 DE NUEVO: ALGO LLAMADO BLOCKCHAIN TE ESTÁ ESPERANDO

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Aarón Benítez Marzo 2021

Memory lane

A mediados de los noventas, accedí a internet por primera vez. Pagué una hora para navegar en la gran súper carretera de la información desde el único cibercafé de la ciudad. Descargué imágenes de la sonda Pathfinder que la NASA recién había posicionado en Marte. Conseguí también la notación algebraica de las partidas del segundo match que Garry Kasparov perdió ante Deep Blue.

Eran años salvajes del medio oeste digital. Tener un sitio web personal —una homepage— y una dirección de administrador del sistema estilo root@aaronbenitez.com eran los símbolos máximos de status nerd. Tuve que aprender HTML, CSS, Perl, servidores Apache y algo de Unix para poder participar de este asunto que literalmente me quitaba el sueño.

Me encontraba a punto de ingresar a la universidad. Una chica guapa pasaba las tardes entre libros conmigo. Vivía de lunes a viernes peleando con bribones y aprendiendo malas expresiones por las mañanas en la escuela pública mientras los fines de semana estudiaba inglés en un instituto privado que funcionaba para mí como una burbuja de la felicidad llena de maestros extranjeros y compañeros tranquilos y agradables.

Era lo mejor de los tiempos y era lo peor de los tiempos, como bien lo escribió Dickens.

Papá tuvo grandes aciertos en guiar mucho del desarrollo de quien soy. Estudié ingeniería porque él era ingeniero. Aprendí inglés porque me rodeó de computadoras y tecnología desde niño. Leí mucho porque me tropezaba con libros todo el tiempo en casa.

Pero hubo un tren importante que venía a toda velocidad en nuestra dirección y que no pudo apreciar correctamente. Y la mejor manera de explicarlo es con la anécdota del día donde llegué a casa después de haber estado en un cibercafé. Le platiqué de esa cosa llamada internet. “Hay cuarenta millones de personas conectadas con las cuales puedes platicar”, dije citando un estadística que encontré en un artículo de FamilyPC, una revista española de computación que me fascinaba y con esfuerzo compraba cada mes. Su respuesta fue preguntarme para qué serviría hablar con cuarenta millones de personas.

Todavía recuerdo el desconcierto que experimenté al ver que papá no compartía automáticamente al nivel de entusiasmo en que me yo me encontraba. Pensé que tenía razón, que era impráctico querer hablar con cuarenta millones de personas.

De cualquier manera, seguí pasando la mayor cantidad de tiempo posible conectado a la red, lo cual significaba un par de horas a la semana, que era lo máximo que podía financiar a esa edad. Tenía una computadora multimedia en casa que usaba para preparar mi viaje al mundo virtual. Funcionaba así: abría un archivo del bloc de notas de Windows, listaba en él lo que quería descargar o investigar, guardaba el documento en un diskette de 3 1/2 pulgadas y sin perder ningún minuto, me sentaba en el cibercafé, insertaba el disco, abría mi lista, buscaba todo en Yahoo! y almacenaba las imágenes y textos para leerlas cómodamente en casa y sin prisas. Revisaba mi cuenta de Hotmail y hacía algunas actualizaciones a mi homepage en Geocities. Colocaba preguntas y respuestas en los foros de Usenet en que participaba y listo, mi tiempo se había consumido.

Repetí esta dinámica durante varios meses hasta que de repente la gran idea llegó a mí.

Esto de internet era una cuestión solitaria. A poca gente le interesaba participar en las grandes posibilidades iniciales que la nueva world wide web ofrecía. Hotmail, Usenet,, Compuserve, AOL, Netscape, browser, host, ciberespacio, chatroom, IRC y demás palabras en ese estilo sólo hacían que el asunto luciera más intimidante para los no iniciados.

Y por un tiempo, esto fue genial para mí. Este desconocimiento me permitió obtener ventajas que en ese momento ignoraba que iban a moldear mi vida de forma fantástica e inesperada.

Me convertí en webmaster un buen día que decidí publicar una página web anunciándome como experto en el tema. Envié una solicitud a Yahoo! para que incluyera mi espacio digital en su directorio. Todo se hacía manual en aquel entonces, no era como hoy que los robots de Google barren automáticamente la red para indexar todo lo que puedan encontrar en su recorrido.

Yahoo! aprobó mi página y de repente me convertí en uno de los pocos webmasters que ofrecían sus servicios en español dentro de México.

Aún no tenía mayoría de edad pero ya recibía llamadas de empresas en ciudades del país que no conocía. Me preguntaban si podía ayudarlos a tener su catálogo completo en una página web y que si podía por favor hacerme cargo de todo el diseño, el hospedaje del sitio, las direcciones de e-mails y demás. Siempre respondía que sí y corría en pánico contenido al colgar el teléfono para investigar cómo hacer aquello a lo que me había comprometido.

Recuerdo una conversación en la que un cliente mucho más entendido del estado del arte en esto de las páginas web me preguntó si sabía hacer páginas con animación en Flash. Jamás había escuchado sobre esta tecnología, pero respondí con la seguridad del que no ha hecho nunca nada y que por eso cree que puede hacerlo todo. Respondí en la vena de que claro, sí, que Flash y yo éramos uno mismo.

No pude con Flash. La curva de aprendizaje era empinadísima para los tiempos ajustados que tenía con este proyecto y comprender el asunto ni siquiera garantizaba que pudiese hacer algo profesional. Como ya sabes, una cosa es entender algo y otra cosa es dominarlo. Pero no iba a regresar a admitir mi derrota. Analicé los que realmente pasaba: al final al cliente no le importaba si su sitio había sido desarrollado con esta tecnología específica de Macromedia. Lo que él quería  es que su página web luciera impactante, moderna, dinámica. Y eso se podía hacer con el naciente DHTML o HTML 4.0, como después el mundo lo llamó.

Ingresé en el verano del noventa y ocho a la universidad asumiendo muchas cosas: que varios de mis compañeros estarían igual de excitados con esta tecnología y que prácticamente todos hablaban inglés al igual que yo. Mi forma de llegar a esta conclusión es que si yo, siendo un pobre diablo, había conseguido que sus papás le pagaran cursos costosos en buenas escuelas para aprender el idioma, aquellos con más holgura financiera en casa lo habrían hecho en su momento sin pestañear.

Mayúscula fue mi sorpresa al ver que a nadie le interesaba mucho esto del internet. Y me tomó un par de años darme cuenta que casi nadie hablaba inglés, no sólo en mi grupo de nuevos amigos o generación, sino que era una falla sistémica en toda la universidad y en la sociedad en general.

Tuve clientes corporativos que me pagaron cantidades que para esa edad representaban millones para mí. Pude comprarme ese walkman que toda la vida había querido, muchas revistas, libros, una impresora láser fantástica, contratar un servicio de internet en casa y así. Luego ocurrió el típico desenfoque de la edad y en lugar de analizar la mina de oro sobre la que estaba parado, comencé a verla como si fuera algo malo que me iba a distraer de mis estudios.

Dejé de hacer páginas web.

Pero no dejé de hacer páginas web.

Simplemente dejé de tener clientes.

Si tomé alguna mala decisión en aquellos años de mi vida, detener aquello que era prácticamente mi naciente compañía fue probablemente una de las peores.

Si tomé alguna mala decisión en aquellos años de mi vida, detener aquello que era prácticamente mi naciente compañía fue probablemente una de las peores.

Comencé a escuchar, leer, respirar sobre emprendimiento, startups, vida nómada digital, empleos remotos, diseño de estilo de vida y demás términos que hoy nos resultan comunes por ahí del dos mil ocho. Si alguno de esos conceptos hubiese cruzado ante mí a finales de los noventas, probablemente habría abandonado la universidad para lanzar mi imperio digital en ese instante. Tenía todo el sentido del mundo, pero no lo podía ver porque estaba atorado en una pequeña ciudad y sin conversaciones directas con gente en este mundo de alta tecnología.

Te decía que seguí haciendo páginas web. Desarrollé un portal genial dedicado a temas de ingeniería eléctrica y electrónica. No había uno mejor en español. Podías encontrar tutoriales, foros, contactos e incluso hacer tu propio correo electrónico para tener un dominio original. Una vez que lo terminé, pensé en cómo obtener usuarios que estuvieran interesados en todo esto. Y lo único que se me ocurrió fue imprimir anuncios muy sencillos que coloqué por todos lados en la universidad, invitando a que entraran a mi portal.

Poco a poco la comunidad fue creciendo y ganando tracción. Esto llevó a que un buen día un grupo de alumnos y profesores me invitaran a ser el webmaster del primer gran evento internacional de ingeniería que nuestra universidad iba a organizar. Tenía diecinueve años y no cabía de orgullo. Sabía que era algo importante. Para mí en ese instante, era lo más importante del mundo.

Hice varias páginas para mi universidad aparte de la relacionada con aquel evento. Puse la presencia del departamento de ingeniería eléctrica y electrónica en el mapa de la web y rediseñé todo el portal de nuestra institución también. Recibí muchas felicitaciones por mi habilidad y de repente ya era parte del firmamento en las oficinas del nodo central que conectaba a nuestra escuela y otras organizaciones importantes de la zona con la columna vertebral de internet. Aprendí a hacer cosas directamente en los servidores configurados con Linux y todo esto me dio un prestigio que no supe maximizar en su momento.

Haber estado primero en la parte técnica de aquel gran evento internacional en la universidad y después ser el coordinador general de su siguiente edición marcó el rumbo de mi vida. Si no inmediatamente, varios años después. Estar al frente de decenas de personas, coordinar proveedores, patrocinadores, autoridades, permisos, participantes, hoteles, autobuses, publicidad, actividades sociales, sedes y conferencistas a mis veinte años con un presupuesto elevado fue algo que diez años después entendí lo que realmente indicaba: que era un emprendedor porque sabía ponerme al frente de las cosas sin miedo y llevar a un grupo de personas de forma decidida hacia un objetivo.

No habría llegado a esa conclusión ni tenido las oportunidades que la universidad me dio de no haberme convertido primero en un nerd que entendía a fondo los detalles técnicos y las posibilidades de una tecnología fantástica como lo era y sigue siendo internet.

Disneyland para adultos

Warren Buffett dice muchas cosas. Una de ellas es que la línea que separa la inversión de la especulación nunca es clara y brillante y otra es que no pone atención a predicciones políticas ni macroeconómicas estilo todo-está-mal-en-el-mundo o ya sabes, el-fin-del-mundo-está-cerca.

En dos mil diecinueve, me senté en una conferencia magistral de Ludovic Le Moan, director general de Sigfox, la empresa más importante en términos de operación de redes inalámbricas para dispositivos de baja potencia. Para ponerlo en contexto, Sigfox hace a nivel global lo que operadores como ATT nos venden como servicio a nuestro celular, sólo que aquí de forma especializada y sobre todo, atendiendo a sus clientes en términos industriales.

Los representantes de empresas tecnológicas que usamos los servicios de Sigfox para nuestras soluciones nos reunimos en Singapur para escuchar a Le Moan quien presentó algunas estadísticas de los logros de su compañía. La diapositiva que más me impactó fue la que anunciaba que Sigfox llegaría a dieciséis millones de dispositivos conectados en todo el mundo a finales de ese año.

Voy a poner esto en perspectiva.

El centro industrial más grande de la ciudad en la que vivo tiene cinco millones de metros cuadrados de superficie y se llama TenarisTamsa. De acuerdo a un reporte de Ericsson, se estima que una fábrica inteligente típica necesita un dispositivo conectado por cada dos metros cuadrados.

En un momento regreso a estos números.

En mil novecientos noventa y cinco, habían diecisiete millones de usuarios de internet. Hoy somos más de cuatro mil millones de usuarios del asunto. Eso se llama crecimiento exponencial. También lo llaman oportunidad de negocios. Y entre más cerca te ubiques en el extremo inicial del asunto, bueno, más te beneficias del paseo hacia el otro punto.

Justo cuando comencé a usar internet, fue el año en que una empresa chiquita y desconocida llamada Google inició operaciones. Imagina si hubiese invertido en ellos. Pinto en mi mente para ese año una hipotética plática al respecto con mi círculo. Me veo recibiendo sonrisas sardónicas por lo "raro" y "riesgoso" de una propuesta en ese estilo. "¿Goo...qué?...pero si ya están Yahoo! y Altavista…", seguramente me habrían dicho.

En 1994, Jeff Bezos trabajaba como analista financiero. Un reporte en su escritorio sobre el crecimiento de internet lo golpeó intelectual y emocionalmente. Escribió su carta de renuncia, empacó y fundó lo que tú y yo hoy conocemos como Amazon. Esto fue una decisión ridícula en ese instante donde no había nada de la infraestructura tecnológica de comercio electrónico que hoy nos resulta obvio de la red y también fue una decisión tonta vista bajo la lupa del momento donde el tipo era vicepresidente de una firma, tenía un excelente salario y se encontraba ya en sus treintas.

Al momento de ese determinante reporte, el uso de internet estaba creciendo dos mil trescientos por ciento al año. Cuando algo está moviéndose de una manera tan salvaje como esa o te subes y aprovechas el aventón o te haces un lado y permites el paso.

Algunas personas inteligentes se subieron a ese tren de hiper alta velocidad. Hoy se llaman Jack Ma, Bill Gates, Larry Page, Elon Musk, Mark Zuckerberg, etcétera.

Pero muchísimas más personas inteligentes se quedaron paralizadas a un lado tratando de afinar su percepción del mundo en ese instante contra las posibilidades del futuro.

Uno siempre puede escoger entre ser inteligente con recursos o no. El truco para ser inteligente con recursos está en saber ajustar nuestra visión de lo que percibimos como lógico en este instante contra los trenes de hiper alta velocidad que están saliendo de la estación con rumbo a un futuro increíble.

En las profundidades abismales del internet bonito y navegable que tú y yo usamos a diario para comprar y entretenernos existe una capa  llamada Industrial Industrial Internet of Things (IIoT), que no es otra cosa que una conversación global intensa entre máquinas, líneas de producción y sensores reportando a sistemas —y a algunos humanos— métricas como temperatura, velocidad, ubicación y otras variables.

Haciendo un poco de matemáticas, si combinamos el tema de los metros cuadrados de superficie de TenarisTamsa con el cálculo de densidad de dispositivos IIoT del reporte de Ericsson, tenemos que la fábrica local de tubos tiene potencial para ser una fábrica inteligente con diez millones de dispositivos. Pensemos que esto es una exageración porque un centro industrial no es todo producción. Hay oficinas y estacionamientos. Reduzcamos mi cálculo en un drástico setenta por ciento. Ahora tenemos una estimación conservadora de tres millones de dispositivos para una planta industrial local de tubos.

Cuando visité Shenzhen, entendí que lo que sea que existe en mis coordenadas lo tengo que multiplicar por veinte o por cien para tener una equivalencia en la escala de lo que hacen los chinos. Si acá en Veracruz contamos sólo con una gran empresa para ese potencial de dispositivos conectados, piensa en lo que se necesita hoy en polos industriales poderosos como São Paulo, Detroit u Osaka.

Intento explicarte que cuando el CEO de Sigfox nos dice a sus socios tecnológicos que tiene casi dieciséis millones de dispositivos conectados a su red realmente nos está diciendo en realidad y sin querer muchas cosas: nos está informando que Sigfox —la empresa operadora de redes inalámbricas de bajo costo a nivel global, la empresa líder en ventas en este sector— tiene apenas dieciséis millones de dispositivos conectados. Esto significa que los que vienen atrás, las divisiones de IoT de su competencia, vienen realmente muy atrás.

Dieciséis millones de dispositivos conectados representan absolutamente nada en el gran esquema de las cosas. Tan sólo cinco plantas de tubos como la que tenemos en mi ciudad tienen el potencial de igualar esa cantidad. Y cinco fábricas inteligentes tampoco representan prácticamente nada en el gran esquema de las cosas del planeta.

Dieciséis millones de dispositivos dentro del IIoT en dos mil diecinueve significa que estamos en el equivalente de mil novecientos noventa y cinco de la world wide web con diecisiete millones de usuarios en ese entonces. Estamos en el equivalente donde todo apenas va a explotar.

Le Moan nos está diciendo que esto es realmente, realmente, apenas el principio de las cosas. Que nuevamente vamos a ver otro crecimiento exponencial —conocido también como oportunidades de negocio geniales— con esta capa del IIoT.

Se requiere una mentalidad empresarial para crear y mantener riqueza transgeneracional. La idea de que con base solamente en nuestro trabajo diario a cambio de dinero vamos a poder dejar bien a nuestros descendientes es obsoleta. La fórmula donde entregas tu tiempo y habilidades a cambio de recursos para vivir y ahorrar un poco va cayendo en picada.

Al inicio de este artículo mencioné la línea entre inversión y especulación que dice Buffett que nunca es clara ni brillante. Excepto, querido Warren, que en algunas ocasiones sí lo es.

Especulamos en el inicio de una tecnología. Pienso en blockchain y la década que lleva siendo tendencia pero con aplicaciones todavía poco populares entre el grueso de la población. Blockchain sólo puede seguir creciendo, no tiene absolutamente ningún otro camino. Al mismo tiempo, pienso también en la realidad virtual y las dos décadas que lleva en arduo desarrollo para despegar algún día. Pienso en el estallido de la burbuja de internet a finales de los noventas y el posterior surgimiento de los gigantes que hoy dominan el escaparate digital.

Las pantallas táctiles, los teléfonos inteligentes, el almacenamiento en la nube, las redes sociales, todas éstas son tecnologías creadas encima del internet bonito al que tú y yo somos adictos. Son capas sobre capas que generan valor al ecosistema y crean industrias y empresas fuertes que, por cierto, ni tus papás, ni tú imaginaban posibles.

Lo que está ocurriendo en el profundo abismo del IIoT es similar: se están cocinando áreas y compañías que no nos resultan ni tan obvias ni tan entendibles por su nivel de especialización y complejidad pero que tienen el potencial de generar riqueza transgeneracional para quienes se suban en el principio de cada una de ellas.

Ser un buen programador en Python es una de  las mejores carreras profesionales hoy en día. Piensa en los salarios y oportunidades de la gente que trabaja en Facebook y lugares así. El siguiente paso es ser co-fundador exitoso de una empresa de alta tecnología. Piensa en los tipos que ejecutan sus ideas en Silicon Valley.

Si no estás interesado en ser alguno de las dos personas de arriba, existe una tercera manera de incrustarte voluntariamente en este mundo exponencial del IIoT: apostar por estos plomeros que están creando pequeñas empresas en el profundo abismo del internet.

Te invito a que leas "Future of IoT", un reporte de EY —la consultoría mas respetada del mundo. Los autores resaltan la convergencia de varias áreas que hacen posible la próxima explosión de negocios del IIoT:

  • Los costos de sensores y todo lo relacionado con hardware está disminuyendo drásticas y constantemente.
  • El poder de procesamiento computacional sigue y seguirá avanzando mientras que el almacenamiento en la nube sigue y seguirá bajando en costos.
  • Los gobiernos están promoviendo e invirtiendo fuertemente en iniciativas de ciudades inteligentes y las empresas están haciendo lo mismo en términos de fábricas inteligentes. Se ha pasado de lo conceptual a la implementación.

Sobre este último punto, lo he visto de primera mano. Donde hace apenas tres años o cuatro años atrás proponer elementos de transformación digital a grandes empresas era el equivalente de un viacrucis de negocios, hoy estas compañías nos contactan en VERSE Technology más frecuentemente y toman decisiones de forma ágil.

Si apuestas inteligentemente, el mundo lo llama inversión.

Si no apuestas inteligentemente, el mundo lo llama especulación.

Apostar hoy cuando tienes una empresa como Sigfox presentando orgullosamente que ya tienen dieciséis millones de dispositivos conectados en todo el mundo y el crecimiento proyectado de este rubro es de miles de millones de dispositivos, bueno, es el equivalente a ese sueño-frustración que ya te expliqué donde imagino que invertí en Google a finales de los noventas.

Entender mejor lo que una línea de producción está haciendo no es cuestión sólo de IIoT. Se requieren otros temas de tecnología igual o más complejos. Velo así: el IIoT hace posible obtener los datos para tomar mejores decisiones, pero todo ese alud debe poder procesarse a un ritmo imposible con la tecnología de hoy y analizarse con algoritmos superiores a los que en este momento el mundo sabe crear. Entran ahí la computación cuántica y la inteligencia artificial.

Una receta perfecta para el fracaso es hacer lo que todos hacen.

Nunca hay oro en donde todos están excavando.

Las oportunidades exponenciales yacen en lo que el mundo considera exótico y raro en este instante.

Las oportunidades exponenciales yacen en lo que el mundo considera exótico y raro en este instante.

Si estás pensando en crear riqueza transgeneracional, espero este artículo te sirva como guía de las cosas que la nueva economía va a premiar. Haz caso a Warren con eso que te compartí en el primer párrafo: ignora las predicciones donde el mundo se va a acabar y las noticias donde todo está mal. ¿Quién tiene razón? ¿Los tipos en los medios que viven de espantar a los demás o los tipos que han creado riqueza transgeneracional manteniéndose enfocados y entendiendo el valor de subirse a tendencias explosivas correctas?

Si eres de esos que se deleitan —como yo— leyendo biografías de leyendas como Bezos, bueno, así como su mil novecientos noventa y cuatro fue un momento fundamental y tomó una decisión loca que nadie a su alrededor aplaudió, así luce dos mil veintiuno para ti y para mí: un instante crucial donde podemos ejecutar lo equivalente si tan sólo apostamos por tecnologías como el IIoT y relacionadas.

Porque esto del IIoT es un tren de hiper alta velocidad.

Y con estas notas has llegado a una de las estaciones desde donde va a partir.

Subir o no, es tu decisión.

Criptonerds

Snow Crash es la gran cibernovela punk que lanzó a Neal Stephenson a la fama entre nosotros los nerds. En ella, hay una conversación en donde le preguntan a Juanita si esa cosa de Snow Crash es una droga, un virus o una religión. Su respuesta es fantástica: ¿cuál es la diferencia?

El mundo de blockchain es una droga.

El mundo de blockchain es un virus.

Pero sobre todo, el mundo de blockchain es una religión.

Es imparable.

Tienes que ver The Big Short, la película ganadora del Óscar con Brad Pitt. Es una excelente combinación de drama, documental y comedia para entender la raíz de la crisis financiera que vivimos en dos mil ocho y sobre todo, para encabronarte con la solución que los gobiernos ejecutaron del asunto.

Muchos nerds hicieron exactamente eso: enojarse bastante con la facilidad y cinismo con la cual presidentes y organizaciones internacionales dieron dinero a diestra y siniestra a sus amigos para evitar la quiebra de sus bancos. A esta asistencia monetaria se le llama bailout en inglés. Y este bailout marca el nacimiento oficial de la nueva etapa tecnológica y financiera del mundo.

Uno de los nerds que más se indignó con el estado y acciones de instituciones bancarias y anexas fue un tal Satoshi Nakamoto. En el dos mil nueve apareció una moneda digital protegida por fuertes procesos criptográficos basada en un artículo técnico del cual este misterioso personaje es el autor.

Nadie sabe quién es o quiénes son la o las personas que componen la identidad de Nakamoto. A estas alturas de la vida, lograr tener la influencia global que ha conseguido y mantener su anonimidad es algo que nadie más ha conseguido con éxito desde que Dios hizo lo propio cuando apareció en escena.

Al final del día, su biografía es lo menos relevante. Lo que su idea de una blockchain ha conseguido es espectacular, sobre todo en el corto lapso de apenas diez años.

Una blockchain es una técnica matemática-computacional por medio de la cual logras que la información digital ingresada en este sistema sea inviolable, transparente, universal y accesible. Todo el mundo sabe cuánto de este dinero digital posee cada uno de los participantes de la red. Todos confían en la información que cada quien provee porque no se puede falsificar.

No vamos a meternos en cuestiones técnicas densas porque sé que harás tu trabajo de investigar más por tu cuenta al respecto. Basta decir que la primera blockchain que ha existido tiene el nombre de Bitcoin y que en ella existe una moneda que se llama igual, bitcoin y que se abrevia BTC. Eso de la mayúscula y minúscula al inicio de la palabra tiene su importancia. Anótala. Bitcoin es la blockchain original pero no la única. A raíz del white paper publicado por Satoshi en el dos mil ocho, muchos programadores, ingenieros y científicos han hecho contribuciones para mejorar la propuesta original. Hoy existen muchas blockchains, algunas más robustas y populares que otras. Ethereum es un ejemplo de ello. Su criptomoneda se llama Ether y su abreviación es ETH.

Pertenecer a este ecosistema de blockchains te empuja a tener criptomonedas como BTC o ETH, dependiendo donde te muevas y las necesidades e intereses que tengas. Pero pensar que el mundo cripto es únicamente criptomonedas es muy limitante. No pienses así.

Bitcoin es la criptomoneda más popular y valiosa en este instante de la humanidad por sus poderosos bases técnicas y porque tuvo la ventaja de ejecutar el primer movimiento en este nuevo juego de la humanidad.

Las propuestas posteriores como Ethereum agregan respaldo corporativo de gigantes como Microsoft y otros, pero incluso así, se mantienen agnósticas en términos de lealtades tecnológicas favoreciendo sobre todo el desarrollo de las matemáticas avanzadas que las respaldan.

De las grandes innovaciones agregadas a la tecnología original de blockchain están los smart contracts, que son programas que corren de forma transparente, abierta, automática y fácilmente dentro de una blockchain como Ethereum.

Lo hermoso y fabuloso de las criptomonedas, de blockchain y de los smart contracts es que permite que individuos y entidades que no se conocen y que no confían entre ellos puedan ejecutar transacciones sin perder tiempo en involucrar a terceras partes para validar sus intenciones y mediar en el proceso.

Velo así: que para muchas cosas que haces en tu vida personal y profesional te comprometes a ciertas cuestiones ante el gobierno o una organización para que el otro lado acepte que estás siendo serio en tu interacción. Tanto los gobiernos como esas organizaciones civiles y privadas te cobran por este servicio. Y aparte es burocrático, más fácilmente falsificable y débil en su protección de la información que compartes con ellos.

Cuando no puedes falsificar la información, cuando todo lo que has declarado está respaldado en código y computadoras regadas por todo el mundo, es mucho más fácil y rápida ejecutar intercambios de información y activos: ésta es la magia de blockchain.

Sé que esto suena confuso cuando nos sumergimos a ello por primera vez. Y quiero que regreses a la parte inicial de mi artículo donde te platicaba sobre esas palabras raras que hacían que la web luciera como algo exótico, ajeno, impenetrable. Hoy en día aquellos conceptos han sido sustituidos por otros que suenan igual de exóticos, ajenos, impenetrables: wallet, private key, minería, descentralización, proof of work, proof of stake y otras muchas así.

Cuando los primeros BTC comienzan a ser minados, nadie tomaba este asunto de las blockchain y el mundo cripto como algo notable más allá de resultar un interesante ejercicio intelectual. Fue alrededor del dos mil trece cuando participantes del mundo financiero tradicional comenzaron a entender el potencial y valor de este nuevo mundo que decidieron participar activamente en él. A las instituciones financieras de la vieja escuela les tomó mucho más tiempo subirse a este tren porque está en su naturaleza tener recelo por cualquier tipo de actividad y propuesta que ataque su modelo probado por siglos para hacer dinero. Pero finalmente entendieron que si no se suben a esto, serán aplastados.

Anoche caminé más de diez kilómetros escuchando una larga entrevista que Tim Ferriss hizo a Balaji Srinivasan. Entre muchísimos otros puntos, Balaji compartió que su estrategia personal más segura de inversión para las próximas décadas si no supiera todo lo que sabe de tecnología y negocios seria simplemente poner el cincuenta por ciento del dinero en BTC y el otro cincuenta en ETH. Hablaba de las amenazas a las blockchains por parte de las regulaciones en Estados Unidos y de un ataque de la poderosa muralla digital que China estableció hace años para controlar su ciberespacio. Pero incluso en esa evaluación de riesgos, blockchain surge imperante.

La web que conocí a mediados de los noventas fue desapareciendo poco a poco. La experiencia de conectar con gente en cualquier punto de la red ha desaparecido para filtrar nuestras relaciones sólo a quienes conocemos IRL (en la vida real, así se dice en foros nerds). Vivimos encapsulados a diferentes redes sociales que nos impiden transportar nuestros seguidores y reputación a nuevas plataformas por lo cual el miedo a salirnos de ahí y perder nuestros logros nos mantiene prisioneros de las mismas.

Con blockchain están surgiendo posibilidades de recuperar gran parte del internet que perdimos con propuestas descentralizadas que permitirán a todos tener una voz y capacidad de influir en muchas cosas sin sufrir discriminación de algún tipo por su nacionalidad, religión, color de piel y demás porque nada de eso importará en una red que promoverá los mejores argumentos basados en la transparencia, distribución, solvencia, rápidez y seguridad de su tecnología.

Sé que esto puede sonar idealista para más de uno, pero los cambios que hemos visto en las últimas dos décadas dejarían dejarnos asombrados y no ocurre así. Los vemos como algo natural. Tenemos todos los programas del mundo al alcance de un clic, todo la información que deseamos en nuestras manos, podemos ir al banco sin ir al banco, tener comida rápida en casa sin quedarnos en bancarrota, viajar por el mundo con grandes descuentos y hospedarnos en la habitación de alguien que no nos conocen sin sudar por ello.

El mundo digital funciona hoy mayoritariamente gracias al poder de Linux, un sistema operativo que casi nadie usa en casa pero que es lo más seguro y robusto que te puedes encontrar en el mercado. Hace veinte años el debate era si Linux iba a poder quitar el trono a Window y hoy Microsoft utiliza Linux en prácticamente todo lo importante que está poniendo a la venta de personas y corporaciones.

Pero tú no piensas en Linux ni te interesa. Simplemente te beneficias de él.

Lo mismo pasará con blockchain. No será algo por lo cual nuestros hijos se asombrarán dando gracias al cielo de que existe. Lo verán como algo natural, parte del firmamento digital. Verán la confiabilidad, rapidez, descentralización, transparencia, seguridad y portabilidad de datos financieros, personales, médicos, escolares, profesionales y sociales como el estándar mínimo con el que se deben hacer las cosas.

No pensaran que hubo una época como hoy en la que el internet era oscuro, fragmentado, poco confiable y costoso.

Pagar comisiones de tres por ciento a servicios como PayPal y VISA para enviar dinero a alguien más, esperar días a que transacciones corporativas internacionales ocurran, todo esto será visto como hoy puedes ver esto de viajar de Europa a América en barco: lento, innecesario, costoso y aburrido.

Usar monedas y billetes te resulta algo lógico y natural no porque sea algo lógico y natural: es simplemente que toda tu vida te han entrenado para verlo así, pero hace unos cinco siglos cuando surgió esa propuesta de poder transportar fácil y rápidamente nuestras riquezas en fichas y papeles, hubo mucha gente que prefirió seguir teniendo sus vacas y gallinas a mano porque no entendía cómo la nota y firma de alguien podía asegurarle a alguien más en un pueblo lejano que el portador debía recibir oro a cambio. Esto es lo mismo que probablemente ocurre en la mente de muchos: creen que su dinero está seguro en el banco porque reciben una retroalimentación positiva del resto de la gente que creen que tienen su dinero seguro en el banco porque el simple concepto de que pueden disponer de él en cualquier momento les parece que se mantendrá toda la vida. Los bancos quiebran. Los gobiernos devalúan la moneda. Si no piensas que lo digital y criptográfico es más seguro y portable, estás siendo la persona que cree que sus vacas y gallinas tienen más sentido que billetes y monedas.

Los gobiernos devalúan la moneda. Si no piensas que lo digital y criptográfico es más seguro y portable, estás siendo la persona queree que sus vacas y gallinas tienen más sentido que billetes y monedas.

Los gobiernos van a tardar todavía muchos años más en insertarse en todo esto. Apenas un puñado de ciudades y países tienen entre sus políticos a gente capaz de entender con precisión de qué se trata este asunto. El tren está en marcha y es imparable. Sólo es cuestión de decidir si te vas a subir pronto o tarde a él.

O incluso, puedes no subirte y luego correr desesperadamente con o sin suerte para conseguir subirte al vagón final. Como siempre, es tu decisión muy personal.

Aprende sobre blockchain, Bitcoin, Ethereum, wallets, keys, exchanges y demás. Comienza a hacer tus primeras transacciones a la brevedad. Lee todo lo que puedas a diario sobre esto. Participa en eventos relacionados. Bebe el asunto con interés estratégico para tener oportunidades futuras que otros no están ni siquiera vislumbrando.

La web como la conocí y exploté no era asunto de ingenieros y científicos. Estaba ahí para todos, incluyendo un joven curioso y entusiasta de diecisiete años que aprovechó aquellos días que eran el equivalente del medio oeste digital, tierra de nadie, la construcción de una nueva gran nación.

Blockchain tampoco es hoy un asunto exclusivo para ingenieros, académicos o científicos. Cualquier médico, abogado, universitario, ama de casa, emprendedor y deportista curioso y entusiasta puede encontrar miles de tutoriales, videos, libros, plataformas, apps y comunidades para insertarse en ello. Nuestros aletargados países latinos tercermundistas necesitan mucha gente ejecutando en esta dimensión para empujarnos hacia mejores escenarios económicos y sociales.

Es mil novecientos noventa y siete de nuevo.

Y algo llamado blockchain te está esperando. ◆

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Aarón Benítez es co-fundador de VERSE Technology y autor de libros para #hackearlavida y ser PADs, Personas de Alto Desempeño | @aaronbenitez_